Jesucristo, nuestra reconciliación

¡Cuántas situaciones necesitan hoy de reconciliación! Ante este desafío, del cual depende en buena parte la paz, dirijo mi llamada a todos los creyentes y, de modo particular, a los miembros de la Iglesia católica, para que se dediquen activa y concretamente a la obra de la reconciliación.

El creyente sabe que la reconciliación proviene de Dios, el cual está dispuesto siempre a perdonar a cuantos, a Él, y a cargar sobre las espaldas todos sus pecados (cf. Is 38, 17). La inmensidad del amor de Dios va mucho más allá de la comprensión humana, como recuerda la Sagrada Escritura: “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (Is 49, 15).

El amor divino es al fundamento de la reconciliación, a la que estamos llamados. “Él, que todas tus culpas perdona, que cura todas tus dolencias, rescata tu vida de la fosa, te corona de amor y de ternura [ … ] No nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas” (Sal 103 (102], 3-4.10).

Dios, en su amorosa disposición al perdón, ha llegado a darse a sí mismo al mundo en la Persona de su Hijo, el cual vino a traer la redención a cada individuo y a la humanidad entera. Ante las ofensas de los hombres, que culminan en su condena a la muerte de cruz, Jesús ruega: “Padre perdonales, porque no saben lo que hacen” (Le 23, 34).

El perdón de Dios es expresión de su ternura como Padre. En la parábola evangélica del “hijo pródigo” (cf. Le 15, 11-32), el padre sale corriendo al encuentro de su hijo apenas lo ve que vuelve a casa. No le deja siquiera presentar sus disculpas: todo está perdonado (cf. Le 15, 20-22). La inmensa alegría del perdón, ofrecido y acogido, sanas heridas incurables, restablece nuevamente las relaciones y tiene sus raíces en el inagotable amor de Dios.

Jesús proclamó durante toda su vida el perdón de Dios, pero, al mismo tiempo, añadió la exigencia del perdón recíproco como condición para obtenerlo. En el “Padrenuestro” nos invita a orar así “perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores” (Mt 6, 12). Con este “como”, pone en nuestras manos la medida con que seremos juzgados por Dios. La parábola del siervo sin entrañas, castigado por su dureza de corazón para con su semejante (cf. Mt 18, 23-35), nos enseña que, quienes no están dispuestos a perdonar, por eso mismo se excluyen del perdón divino: “Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano” (Mt. 18, 35).

Ni siquiera nuestra oración podrá ser agradable a Dios si no ha sido precedida, y en cierto sentido “garantizada” en su autenticidad, por La iniciativa sincera de la reconciliación con el hermano que tiene “algo contra nosotros”: Solamente entonces nos será posible presentar una ofrenda agradable a Dios (cf. Mt 5, 23-21).

Papa Juan Pablo II
Mensaje para el Día Mundial de la Paz 1997
Cuaderno de Espiritualidad 106, 2da. edición mayo 2010

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