La aceptación

La aceptación del otro como persona – ¡pero no forzosamente de su comportamiento! – es a menudo considerado como el primer fundamento de la resiliencia. La aceptación indiscriminada de cualquier comportamiento sería un signo de indiferencia que corre el riego de ser más cruel que un conflicto.

La aceptación puede tomar numerosas formas: dedicarle tiempo a alguien, la escucha atenta, creer verdaderamente en una persona, no abandonar a alguien que está en dificultades; en una palabra, se trata del amor en el sentido fuerte del término, la verdadera acogida del otro en la vida.

Este reconocimiento pasa también por el nombre que recibe el niño en la vida. Para algunos, esto puede provocar un problema a causa de complicaciones o de desgarros familiares. Una poetisa neerlandesa, Neeltje María Min, expresó esta realidad en un poema muy hermoso – pero doloroso – sobre la importancia del nombre como un arraigo en la vida, como confirmación de la existencia cuando uno es abandonado por su madre. La última frase proclama: “quiero tener un nombre para aquel que amo”.

Se trata de aceptar al otro, pero ser igualmente aceptados por él, con lo que es positivo y negativo y aceptarnos nosotros mismos tal como somos. A primera vista esto resulta evidente, que es el único punto de partida posible de todo crecimiento humano. No puedo desarrollarme a partir de un punto en el que no estoy, como tampoco puedo tomar un tren de Londres a Edimburgo queriendo partir no de Londres sino de Liverpool. Tengo, pues, que aceptarme como soy, aceptar al otro como es y viceversa. Si no, todo crecimiento se bloquea, todo diálogo profundo es imposible.

Pero esta evidencia es muy difícil de admitir. Muchos sicólogos, muchos espirituales pueden dar testimonio de ello. ¿Quién no reconoce este problema en su propia vida o en la vida de alguien cercano?

El otro que me acepta como soy puede constituir para mí una enorme liberación: a partir de allí, no debo intentar más “tratar de”, estoy liberado de la presión del éxito, libre de vivir y de crecer a mi ritmo, según mis posibilidades y mis límites.

Pero, paradójicamente, puede ser difícil aceptar una acogida así del otro, porque eso presupone que yo he admitido lúcidamente mis propias debilidades. ¿Cómo podría admitir que el otro acepte mis debilidades si yo mismo no lo hago? Por eso la propia aceptación sí puede condicionar la posibilidad de dejarse amar, de recibir el amor del otro. ¿No reconocemos aquí la palabra de Jesús: “ama a tu prójimo como a ti mismo”?

Al mismo tiempo, esta aceptación no significa para nada la búsqueda de un statu quo. Este realismo inicial ve también lo potencial, espera un crecimiento, anima a dar un paso, puede esperar con paciencia la eclosión de la vida.

“Resiliencia y espiritualidad. El realismo de la fe”.
Stefan Vanistendael (2003).
Cuaderno “Fe Cristiana: Resiliencia y Esperanza” N° 183.

5 comentarios en “La aceptación

    • Comunicaciones dice:

      ¡Qué bien que haya sido un buen texto de reflexión! Esperamos seguir entregando más documentos de este tipo. Saludos!

  1. Ana maria dice:

    Muy bueno el texto. Invita a mirar mas alla de nuestras narices, nuestras emociones que estrechan la mirada. Se hace necesario mirar mas alla de nuestras heridas para aceptar nuestra humana y finita condición. Solo asi activamos la trascendencia y la consciencia

    • Comunicaciones dice:

      Gracias por compartir tu apreciación! Seguiremos incluyendo textos como elemento de reflexión para todos! Un abrazo!

  2. María Teresa dice:

    Muchas gracias por esta profunda reflexión, en la medida en que nos conocemos bien a nosotros mismos podemos reconocer al otro y así hacer vida el mensaje de Nuestro Señor Jesucristo.

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