Dios está unido a nosotros por la muerte y resurrección de su hijo!, por Fernando Polanco SJ

 

Una vez que Cristo se unió a nosotros hasta la muerte, no hay manera de entender a Dios más que poniendo atención a nuestro mundo, a nuestras muertes, a lo que estamos viviendo, a lo que nos impacta día a día. Una vez que Cristo resucitó hasta sentarse a la derecha del Padre, no hay manera de entender nuestro mundo y todo lo que le sucede más que poniendo atención a Dios, a lo que nos dijo y nos dice, a la vida que nos pone y levanta, a lo que nos comunica cada día en la oración y en el rostro de los otros.

Al morir el Hijo, el Padre tenía que callar y esperar a que se completase la obra de unirse a nosotros hasta la muerte. Así, gracias a esa unión, cuando levantase a su Hijo de la muerte y le abrazase en su Gloria, pudo darnos vida de hijos en la vida de su único Hijo. Es un dolor de consuelo lo que sufre el Padre eterno al ver la obra de su Hijo. En su Hijo muerto y resucitado puede el Padre abrazar ahora en sí mismo lo que estaba perdido, lo que no podía ser suyo en tanto que Dios de la vida eterna. Puede ya buscarnos y encontrarnos como hijos suyos, puede abrazar y recibir como suyo lo que no era suyo. ¡Que el Padre haya abrazado en la Gloria a su único Hijo que estaba perdido en la muerte junto con nosotros, es nuestra salvación! ¡Qué locura Señor!

También el Hijo para encontrarse con nosotros eligió en obediencia a su mismo Padre, perder la vida que le viene de su Padre y que calla hasta que todo se consume. En el Hijo, Dios decidió perderse en una cruz para encontrarnos. La cruz es la cita del encuentro último entre Dios y la humanidad. Viviendo nosotros la vida y la perdición de Jesucristo, dejándonos unir a su vida que se pierde, entrando en sus mismos sentimientos, identificándonos con él, podemos esperar la cita del encuentro prometido. Por la cruz de Jesucristo podemos salir de nosotros mismos. Así, no hay manera posible de entender la resurrección de Jesús como una distancia de nosotros, porque todo lo que le alcance allá en la inmensidad de esa Gloria es promesa para todo ser humano. Si la cruz es el movimiento de unión de Jesús a nosotros hasta la muerte, la resurrección es la altura hasta donde el Padre puede ahora llevarnos a unirnos consigo mismo. Cristo se une a nosotros hasta la muerte en virtud de poder conducirnos hasta la Vida Eterna de su Padre.

La muerte de Cristo por nosotros “era necesaria”, tenía que ser así para llevarnos hasta la plenitud del amor del Padre. La muerte en cruz solo fue necesaria a causa de nuestro pecado y de que Dios es Amor. La felicidad de Jesús es el encuentro nuestro con el Padre. Jesús se une a nosotros hasta la muerte para que pudiéramos encontrarnos con su Padre. El destino de la obra del Hijo no era morir, ni quedarse muerto, sino venir a buscar lo que estaba perdido para Dios. Sin la resurrección no podemos experimentar la cercanía del Padre. El paso previo y necesario a causa de nuestro pecado y del amor infinito de Dios, fue la cruz. El Hijo debe morir para estar unido a nosotros, el Hijo debe resucitar para unirnos al Padre.

Pero la resurrección como la muerte de Jesús no pertenecen tan sólo al final de un tiempo cronológico. La resurrección y la muerte no le sobrevino a Jesús simplemente al final de su vida temporal, sino a lo largo de toda su vida. Toda la vida de Jesús fue una Pascua, vida entregada por nosotros. Lo que fue toda la vida de Jesucristo, vivir y morir por nosotros recibiendo la vida del Padre, es lo que se consuma en el Crucificado del Gólgota y en la Gloria del Resucitado. Mirar a Cristo es mirar lo que tenemos que morir siempre y lo que podemos resucitar por su gracia.

Para contar la nueva vida que provoca el crucificado-resucitado, entonces se cuentan y se narran los evangelios, la memoria de Jesús, la Buena Noticia. Ni la cruz ni la resurrección hacen “más bueno” o “más glorioso” a Jesús, sino a nosotros justificándonos como buenos para Dios. La obra de Jesús es “por nosotros”, no para él. El “crecía en gracia y en favor de Dios” pero como donación para nosotros. El vivió entre nosotros hasta la muerte en cruz y luego resucitó porque él es la Bondad misma de Dios, ni más ni menos! La vida, cruz y resurrección de Jesús es un plan de revelación de lo que Dios es eternamente. Revelando lo que él mismo es, responde a la situaciones que vivimos. Une nuestras situaciones a su revelación. Hace que su Palabra Eterna interprete y responda a la situación que vivimos. Así une nuestra situación con sus planes. Para nuestra situación de perdición total él se ha revelado con su vida, muerte y resurrección como Amor Eterno. Con el dolor de su cruz y con la consolación de su muerte, Dios nos ha dado el sentimiento y el compromiso del amor pleno y verdadero al otro. ¡Qué bueno!

 
     
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