ASCENSION DEL SEÑOR

Las lecturas de hoy refieren el último episodio de la presencia de Jesús en este mundo. Los textos lo describen como una historia de ocultamiento, forma literaria conocida y común en la antigüedad. Esta semana, en medio de las noticias del tornado y la tromba marina en el sur, apareció otra bien extraña: la desaparición por varias horas del tren que hace el trayecto entre Constitución y Talca, ruta antigua y hermosa que hace muchos años tuve el gusto de recorrer. No se tuvo noticias del tren porque al parecer, dada la complejidad de la geografía de esos lugares por los que atraviesa, las estaciones perdieron contacto con la máquina alentando extrañas explicaciones de este ocultamiento.

Al parecer el evangelista Lucas hizo uso del esquema y del modelo narrativo de ocultamiento que estaban a su disposición en aquel tiempo. De este modo relata el momento en que Jesús, después de haber dado las últimas instrucciones a los apóstoles, saliendo a caminar juntos, subió a un monte y al llegar a la cima se separó de ellos y ascendió hacia el cielo. Cuando decimos que Jesús subió a los cielos no queremos decir que, anticipándose a la ciencia moderna, emprendiera un viaje sideral. No es una subida al cielo de las estrellas y de los viajes espaciales de los astronautas, por lo demás anhelo de muchos que ya se ven caminando por Marte. No fue el de Jesús un viaje como estos. La subida de Jesucristo al cielo fue un pasar del tiempo a la eternidad.

La narración evangélica que hemos escuchado es muy corta, pero este episodio representó un momento crucial para la vida de Jesús y para la historia de los discípulos. Dice la primera lectura que “una nube lo ocultó de la vista de ellos”. Esa nube no fue un fenómeno meteorológico. Fue y es el símbolo de la presencia próxima y misteriosa de Dios. En el Evangelio se termina con Jesús “llevado al cielo”, comenzando la primera lectura con el relato del día en que Jesús “subió al cielo”.

Es interesante hacer notar que la orden que Jesús da a los apóstoles, tanto en el libro de los Hechos como en el Evangelio, exige pasividad total: no ausentarse de la ciudad y aguardar. Pareciera que hay que esperar sin hacer nada. Esta permanencia y espera pasiva debe durar hasta que todos sean bautizados en el Espíritu Santo y revestidos del poder de lo alto. Como vemos se está aquí refiriendo claramente a Pentecostés. La narración de la Ascensión es la culminación del itinerario de Jesús y el tránsito entre el tiempo de Jesús y el tiempo de la Iglesia, inaugurada precisamente con el Espíritu Santo que había prometido Jesús.

Al recibir el Espíritu la comunidad de los creyentes asumirá como propia la misión de continuar el trabajo comenzado por Jesús: de manifestar el Reino del Padre. Aquel día de la Ascensión los discípulos vivieron una experiencia religiosa profunda, es decir, experimentaron internamente que el Señor se quedaba ya definitivamente junto a ellos con su Palabra y con su Espíritu. Pero no por ser una cercanía misteriosa iba a ser menos real que antes. Ellos comprendieron que en el futuro cualquier lugar de la tierra, en cualquier época, en cualquier momento, reuniéndose dos o más discípulos en nombre del Señor, Cristo iba a estar en medio de ellos. Esto es lo que los lleva a experimentar una inmensa alegría. Nadie en el mundo podrá ya alejar a Jesús de sus vidas. Esta alegría de los discípulos es también ahora nuestra alegría. Por eso el Papa Francisco ha dicho que no hay que ser un cristiano melancólico que “tiene más cara avinagrada que la gozosa de los que tienen una vida bella. El gozo no puede estancarse: debe avanzar”.

Pero esto no quiere decir que los discípulos de Jesús, y también nosotros, hayamos resuelto todos los problemas. Seguimos siendo personas débiles, incrédulas, y a ratos llenas de miedo. Sin embargo, a pesar de todo eso, podremos manifestar el amor de Jesús siempre y hasta los confines de la tierra. El desafío será pues encontrar un poco de cielo en la vida de cada persona que se cruza en nuestro camino y a la vez ser también nosotros embajadores del cielo. En otras palabras, el deseo de Jesús es dejar en esta tierra testigos. Esto es lo primero: “ustedes serán mis testigos”. ¿Testigos de qué? Testigos alegres que comunican la experiencia de un Dios bueno y que contagian su estilo de vida trabajando por un mundo más humano y justo. La audacia para ser esos testigos la sacaremos del Espíritu de Dios que nos va a defender en todo momento y que nos soplará valentía. Habrá que quedarse en un primer momento en la ciudad, pero luego habrá que salir fuera con gran entusiasmo. Pidamos de corazón ese Espíritu Santo.