Cristianos de Vacaciones

Necesitamos descansar. ¿Qué duda cabe? Transcurrió otro año y constatamos que hubo momentos en que no tuvimos respiro. Nos damos cuenta de que vamos de un lado para otro. Parecemos como esos trenes de alta velocidad que hay en Europa en que se llega al destino en un instante y donde en el trayecto no se tiene la posibilidad de contemplar el paisaje, ni las vacas ni los árboles. Todo se hace muy de prisa. Cuando nos subimos al Metro de Santiago, apretujados e incómodos, nos observamos unos a otros conectados a nuestros aparatos electrónicos y celulares sin interactuar ni hacer comunicación no verbal con nadie. Todo eso nos va agotando.

Tomar vacaciones es como llegar a la estación, parar la máquina, y disponerse para aquello que durante el año hemos descuidado y que necesitamos con urgencia revitalizar.

Cuenta el Evangelio que una vez Jesús, notando que sus apóstoles estaban muy cansados (también lo estaba él), “porque los que iban y venían eran tantos, que no les quedaba tiempo ni para comer”, les dijo lo siguiente: “Vengan ustedes solos, a un paraje despoblado, a descansar un rato” (Mc 6, 31). Se los llevó a un paseo en bote, para luego hacerlos comer y dejarlos satisfechos con abundancia de pan y pescados, recostados todos sobre la hierba verde en un lugar encantador. En otra oportunidad los invitó a tomar desayuno en la playa sirviéndoles una rica miel que les había traído de un panal (Vida de Cristo de Ludolfo de Sajonia, citado por San Ignacio en los ejercicios espirituales).

Vacaciones es un tiempo pues para comer ordenado y mejor, para conectarse con una naturaleza amigable, ya sea con el aire de la montaña (lugar que “evoca la elevación del espíritu hacia las alturas, hacia el «grado alto» de nuestra humanidad que, por desgracia, la vida diaria tiende a rebajar”, Papa Benedicto); o ya sea en la playa que invita, sobre todo en la puesta de sol y en la noche estrellada, a la serena reflexión. O en la montaña o en la playa se nos invita a saborear la belleza de lo que no está corrompido (Papa Francisco en “Laudato si”).

Vacaciones es también un tiempo para enriquecer las relaciones humanas, fortalecer los vínculos familiares. Es tiempo para la cercanía, sinceridad y diálogo de los unos con los otros. El que es más desconocido se puede hacer más cercano, la frialdad se puede entibiar, las disculpas se pueden ofrecer y de ese modo permitir que todo vuelva a ser como antes. El verano reclama sonrisas familiares y espacios para el entretenimiento. Todo eso se logra por la alegría que podemos transmitir, demostrando el humor que llevamos dentro. Además, es tiempo de conquistas de nuevas amistades y espacio para recuperar viejos amores.

En vacaciones disponemos de más tiempo para leer: o una buena novela policial, o un libro de espiritualidad, o de historia. Hay tiempo para cocinar antiguas y nuevas recetas. También para hacer ejercicio físico y desintoxicar nuestro cuerpo. Para otros podrá ser la oportunidad de escuchar música y pintar.

Pero es también un tiempo para el espíritu, para que Dios ocupe el lugar que le corresponde en nuestra vida, para afinar la cuerda que me permite “sentir y gustar internamente”, para fortalecer aquella parte más dañada de nuestras personas. Es una oportunidad para rezar y escribir en un cuaderno los mensajes que me transmite Dios. Es oportunidad para depositar a los pies de Jesús los problemas que me aquejan y aprender a que éstos no se adueñen totalmente de nuestra existencia. Hay que dejarlos durante un tiempo y cuando se regrese de vacaciones, aunque tal vez seguirán existiendo, se les hará frente con más fuerza y de mejor manera.

La vida de un cristiano no es un camino fácil, sino más bien un recorrido incómodo, que presenta dificultades. Seguir a Jesús acarrea esfuerzo y dedicación, le lleva pena y fatiga. La misión que cada uno recibe implica pagar cuotas de sacrificio. Pero precisamente mirando al fin de la misión apostólica es que uno debe saber descansar, al mismo tiempo que discernir cuándo y cómo hacerlo. Nuestro modo de trabajar durante el año debiera ser “descansado” y “amoroso”, usando palabras de San Ignacio. Las vacaciones anuales nos aseguran ese aprendizaje para la calidad de la misión, que apunta en último término al bien de los demás.

P. Juan Díaz SJ.
Director Centro de Espiritualidad Ignaciana

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