Cuerpos que disciernen

Uno de los conceptos antropológicos que expresan la esencia humana es el cuerpo. El cuerpo no es un dato más dentro de una lista de cosas, sino que expresa el realismo de nuestra condición personal. Es más: en clave de fe el cuerpo es el dato fundamental para entender el cómo de la acción salvadora de Dios. Dios, en Jesús, asumió un cuerpo verdaderamente humano, una auténtica naturaleza humana con todas sus implicancias con excepción del pecado (Cf. Heb 4,15). El cuerpo es el punto de encuentro entre Dios y el ser humano. Ambos poseyeron uno. El teólogo belga Adolphe Gesché y a propósito de la encarnación señala: “¿no será acaso el hombre – sutil inversión – la zarza ardiendo en la que Dios se manifiesta? Él no llega hasta nosotros desde los confines de una trascendencia incandescente, sino desde la cercanía de la humanidad de su Verbo. Es como si Dios nos hallara en su humanidad, que es la nuestra” (1). El Cuerpo de Dios-Cuerpo de Cristo-cuerpo de la humanidad van en sintonía profunda, amorosa y auténtica.

Dios ha querido compartir la humanidad del cuerpo, y el cuerpo es espacio para comprender cómo actúa Dios. Que el cuerpo sea un espacio o un lugar indica que hay cierta intencionalidad en el mismo concepto. Un lugar – a nivel antropológico – representa un marco conceptual que sirve para interpretar y discernir el mundo. El pensador Cornelius Castoriadis ha acuñado la categoría de imaginario social para describir los modos en los que se leen los acontecimientos. A juicio de este pensador no hay pensamiento ni lenguaje fuera de la socialización. De hecho, el lenguaje es una construcción social, histórica y cultural. Y estas cuestiones tienen un necesario fundamento corporal. El lenguaje surge de un cerebro que producto de la evolución ha ido ampliándose y completándose de distintas visiones y comprensiones de la realidad. El cuerpo es también un gran lenguaje: nos acercamos, alejamos, manifestamos emociones, luchamos, nos relacionamos, y también discernimos. El cuerpo, en definitiva, es un espacio para discernir. Y también el cuerpo es un lugar teológico en razón de que es a través del Cuerpo de Cristo (de su verdadera humanidad) nosotros hemos podido ver, tocar, oír a Dios. El cuerpo es teología y la teología se vive a través de los movimientos del cuerpo. El cuerpo discierne a Dios, a la vida, los afectos.

El cuerpo es el gran vínculo que establecemos con el mundo, con los otros, con la naturaleza, con Dios, con nosotros mismos. Nos entendemos gracias a un cuerpo que siente, piensa, razona, vive, ama, cree y espera. El cuerpo es un gran espacio donde la humanidad puede o no manifestarse, hacer el bien o el mal. Eso también se discierne. El cuerpo es el lugar donde se vive el placer y la fe. Hay un conocimiento corporal que nos permite entrar en contacto con la realidad, tocarla a fondo como Dios invitó a Moisés a hacerlo en el gesto de descalzarse (Cf. Ex 3). Si el discernimiento es entrar en contacto con la historia, que también está marcada por lo corporal, el cuerpo es el gran vehículo para dichos acercamientos. El discernimiento, con ello, no se realiza solo a nivel teórico, o como una búsqueda intimista. El discernimiento es una forma de organización, de creación de comunidad, de resistencia ante la injusticia, de vínculos amorosos y placenteros. Debemos crear la conciencia del gusto por discernir y promover cambios que tiendan a la humanidad. Eso es pensar, en definitiva, los cuerpos que disciernen.

(1) Adolphe Gesché, Jesucristo (Salamanca, Sígueme 2013), 57.

Juan Pablo Espinosa Arce
Académico Instructor Adjunto, Facultad de Teología UC
Académico Universidad Alberto Hurtado, Centro Universitario Ignaciano, Facultad de Filosofía y Humanidades

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