Diario Reflexiones

DOMINGO DECIMOSEXTO TIEMPO ORDINARIO

Las lecturas de hoy nos presentan escenas familiares de acogida, hospitalidad y cariño. En la primera lectura vemos a Abraham sentado ante su carpa a la hora de mayor calor recibiendo inesperadamente la visita de Dios en las personas de unos desconocidos. Abraham los acoge con afecto y dedicación y por ello Dios lo premia con la maternidad de Sara su esposa quien hasta ese momento no había podido tener hijos. Hay un pintor ruso medieval (Rubliov) que inmortalizó esta escena con tres ángeles reunidos alrededor de la mesa preparada por Abrahán. El pintor ruso conocía lo que estaba escrito en la carta a los hebreos: “No olviden la hospitalidad. Gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles” (13, 2).

En el Evangelio hemos escuchado que Marta y María, hermanas de Lázaro, reciben en su casa a Jesús. También aquí se nos muestra un bello cuadro familiar. Por un lado, vemos a Marta que se multiplica para atender al huésped, para que se sienta bien, para que descanse, para que coma algo rico. Por otro lado, María se sienta a los pies de Jesús y dedica todo su tiempo a escucharlo. Ciertamente a Jesús le gustaba estar con estas dos hermanas. En esa casa encontraba calor y afecto. Pensemos que ante las graves y difíciles disputas que le esperaban en Jerusalén, y sobre todo ante la hostilidad que encontraba a cada paso, le era consolador encontrar un espacio donde pudiera sentirse recibido incondicionalmente. Recordemos que en otro pasaje bíblico se señalaba que Jesús no tenía ni siquiera una piedra que le sirviera de almohada. En esta casa, en cambio, tenía un refugio para descansar, dormir siesta y estar tranquilo. Las amistades con Lázaro, Marta y María le sostenían en su difícil misión evangelizadora. Yo tengo también familias muy queridas que a veces me invitan a sus casas y se esmeran para que yo me sienta bien. 

No se puede negar que tanto Marta como María, cada una a su modo, hicieron sentirse a gusto a Jesús. Hay diferentes estilos. No hay que quitar importancia a los gestos concretos hechos por Marta. Probablemente ella quería mostrar linda su casa y preparar una rica comida a Jesús. Una verdadera acogida también está hecha de finuras y gestos concretos: un rico aperitivo, unos chocolatitos para después del café. El asunto, sin embargo, es no ponerse nervioso ante las responsabilidades. Marta exageraba un poco: se mostraba demasiado atareada en sus quehaceres hasta el punto de olvidar el sentido último de lo que hacía, que era aprovechar de estar con Jesús. Marta incluso acusó a su hermana de despreocupada. 

Jesús, con calma y cariño, le dice a Marta que se agita y se preocupa por demasiadas cosas, mientras que una sola es verdaderamente necesaria: escucharlo a Él, que es lo mejor que le podía suceder en ese momento, porque escuchar es lo que nos hace capaces de cambiar el corazón y la vida. Con esto le enseña a ella, y a nosotros también, que habrá muchas veces que sacrificar lo urgente para dar cabida a lo importante. Como Marta muchas veces nos precipitamos en la actividad, olvidando el sentido de nuestro actuar. Sin duda que hacemos cosas buenas, pero precipitada y nerviosamente. Por eso es por lo que muchas veces nos cansamos más de la cuenta, viviendo todo con mucha ansiedad, despreocupándonos de nuestra salud y nuestras energías se van chupando. No le preguntamos a Dios lo que quiere de nosotros y así nos ponemos en peligro convirtiendo todo nuestro esfuerzo en un estéril girar en el vacío.

Aquí hay un llamado de atención a los que trabajamos nerviosamente sin darnos espacios para intimar con Jesús. Como Marta muchas veces ofrecemos a quienes queremos cosas, cuando lo que realmente necesitan es que les ofrezcamos más bien nuestras personas y nuestra escucha cariñosa. Puede sucedernos también, más de lo que sería conveniente, que, concentrados en la cantidad de problemas y afanes, ofrezcamos vida y esfuerzo para mejorar el mundo, nuestro país, nuestra familia, nuestro trabajo, pero olvidándonos de ofrecernos nosotros mismos a Dios y de permanecer atento a lo que Él quiere de verdad de nosotros. Una persona que sabe escuchar sabe aliviar el corazón de otra. Una persona que se ofrece a Dios vive más en paz. 

Hay momentos en la vida en que es fundamental tomar decisiones que rompan la rutina nerviosa y el acostumbramiento en el que nos encontramos. No podemos seguir haciendo cosas, por muy importantes que ellas sean, cuando nos damos cuenta de que esos afanes no son el plan de Dios y no se llevan a cabo descansadamente. No puede el deber ser o el trabajar bajo presión los que determinen nuestros actos. Aceptando los propios límites y la contingencia que nos rodea debiéramos ser capaces de apuntar a lo esencial de la vida. Hay que aprender a discernir la voluntad de Dios. Porque de lo contrario podemos terminar extenuados y a la larga desparramando. Como Jesús necesitamos también espacios de descanso y cariño en los que nos demos tiempo para escucharnos y, con la ayuda del Espíritu, tomar sabias decisiones.

SANTISIMA TRINIDAD

Con ocasión de esta fiesta de la Santísima Trinidad el Evangelio de hoy, que forma parte de los discursos de despedida de Jesús, perfila la acción de tres misteriosas personas que están unidas entre sí. En este pasaje Jesús señala que “cuando venga el Espíritu de la Verdad, Él los introducirá en toda la verdad…Todo lo que es del Padre es mío (del Hijo)”. Tenemos entonces al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo actuando en íntima relación. Reflexionando sobre éste y otros textos parecidos la Iglesia ha afirmado su fe en el Dios uno y trino. A lo largo de la historia muchos se han preguntado: ¿qué enigma, qué misterio es éste, de tres que son uno y de uno que son tres? Puede resultar difícil entender hoy el lenguaje teológico de los primeros concilios que respondieron a estas preguntas usando conceptos metafísicos de “sustancia”, “naturaleza” “persona” etc. para referirse al misterio de Dios.

Para poder explicar esto permítanme un ejemplo banal: mañana Chile comienza su participación en la Copa América de fútbol en Brasil jugando contra Japón. Ya somos muchos los que en la previa estamos sufriendo la incertidumbre con respecto al futuro de nuestra selección. Algunos nos estamos preguntando de cuál va a ser el esquema táctico que utilizará el entrenador: ¿será el del 4-3-3, o el del 4-4-2, o el 3-5-2, y cómo encajarán en este esquema el buen juego de Alexis y de Vidal? Para quien no entienda mucho de fútbol todo esto puede sonar confuso. Pero en medio de lo complicado del tema una cosa que hay que atender y que es fundamental, que finalmente es lo más importante y de lo que no se puede prescindir por ningún motivo y que por lo demás es muy simple, es el hecho de que cualquier equipo de fútbol para ganar debe meter un gol y ojalá, más de uno.

En lo del misterio de la Trinidad tenemos que razonar de modo similar. Habrá que pasar de la complejidad de la expresión doctrinal a la simplicidad del lenguaje evangélico. La realidad de Dios no es complicada. Por el contrario, es absolutamente simple. Así como en el fútbol el gol es la explicación más sencilla, lo esencial y lo más sencillo en el misterio de Dios Trinitario es el amor. Dios es Amor. Es un amor reflejado en el rostro del Padre, en el de Jesucristo y en el del Espíritu Santo.

Es por eso que Jesús, desde su propia experiencia de Dios, invitó a sus seguidores a relacionarse de manera confiada con Dios Padre, a tratarlo como papito, y a seguir fielmente sus pasos de Hijo de Dios encarnado, dejándonos siempre guiar y alentar por el Espíritu Santo que nos prometía. El misterio santo de Dios consiste en abrirnos nosotros a ese amor, a vivir como hijos e hijas de un Dios cercano, bueno y entrañable, sabiendo que nadie se queda solo. Todos tenemos un Dios que nos comprende, que nos quiere y que nos perdona como nadie, que inspira las decisiones que debemos tomar en la vida para el bien nuestro y para construir con todos un mundo más humano, justo, fraterno y solidario. De esto se trata la Trinidad. No es algo complicado. Es simple y sencillo. El amor es simple y sencillo.

San Ignacio vibraba con la Santísima Trinidad. Cada día le hacía oración a ella. Él mismo cuenta que un día rezando en las gradas de un monasterio “se le empezó a elevar el entendimiento, como que veía la santísima Trinidad en figura de tres teclas, y esto con tantas lágrimas y tantos sollozos, que no se podía valer. Y yendo aquella mañana en una procesión…nunca pudo retener las lágrimas hasta el comer, ni después de comer podía dejar de hablar sino en la santísima Trinidad…con mucho gozo y consolación…”. Como vemos Ignacio ni explica ni se complica con la Trinidad, sencillamente la vive. Experimenta la relación con las tres Personas Divinas como un gran enamorado, se sabe habitado por Dios y precisamente es esto lo que lo hace llorar de felicidad, sintiendo la armonía que lo rodea y el regalo, al mismo tiempo, de una fuerza increíble para darse a los demás y para confirmar las decisiones que iba tomando. Esto lo traducía en una amplia gama de matices afectivos: atracción amorosa totalizante, profunda reconciliación, ganas de dejarse guiar a donde sea, gran respeto y reverencia, un deseo desbordante de actuar como más le guste a Dios.

Podemos captar entonces que para nosotros la enseñanza que se nos hace es que debemos acercarnos al misterio de Dios con confianza y sencillez, que en todo lo bueno y hermoso que existe podemos encontrar una manifestación del amor de Dios. Lo podemos encontrar en la hermosa melodía de un concierto, en una obra de arte, en el dibujo de un niño pequeño y también ¿por qué no? en un gol de la selección chilena. Ahí donde hay amor, esfuerzo, dedicación, delicadeza, solidaridad, siempre estará la Trinidad con nosotros.

PENTECOSTES

En la lectura del relato de Pentecostés observamos que quienes se habían comprometido a seguir a Jesús se encontraban reunidos rezando y pidiendo a Dios con insistencia la fuerza que todavía necesitaban para llevar adelante la tarea que se les había encomendado. Experimentaban, en el fondo, que les faltaba algo. No se decidían. Es en este contexto en donde el Espíritu irrumpe como un fuego. El Espíritu Santo aparece como un fuego que crece, que se propaga. En la escena este fuego tenía forma de lenguas, es decir era comunicación que los lanzaba a salir de ellos mismos, a dejar todo aquello que les daba aparente seguridad y a partir con el mismo ímpetu de Jesús a conquistar el mundo. Vemos que después de Pentecostés ese grupo de discípulos se consolidó y fortaleció. Ya no vivió cada cual separado o escondido por miedo. Comenzaba un “nosotros”. Comenzaba la Iglesia. Comenzaba el tiempo del Espíritu, que abría hacia un futuro lleno de desafíos.

El relato de los Hechos de los Apóstoles habla también de “un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento”. Fue una especie de terremoto que se oyó en toda Jerusalén, hasta el punto de que mucha gente se congregó delante de aquella puerta para ver qué ocurría. Se vio inmediatamente que no se trataba de un terremoto normal. Se había producido un gran temblor, pero no se había derrumbado nada. Fuera no se veían los “derrumbes”, que sí se habían producido en el interior de cada discípulo. Tal vez recordaron lo que Jesús les había dicho el día de la Ascensión, de permanecer en la ciudad hasta ser revestidos de poder desde lo alto, y también aquellas otras palabras de que les convenía la separación con Jesús para que pudiera llegar a ellos el Defensor. Aquella comunidad necesitaba Pentecostés, es decir de un acontecimiento que sacudiera hasta lo más hondo el corazón de cada cual, algo parecido a un terremoto. Y cuando éste llegó una fuerte energía los envolvió a todos y una especie de fuego empezó a devorarlos en su interior. Con ello el miedo cedió el paso a la valentía, la indiferencia dejó espacio a la compasión y el calor rompió la cerrazón del corazón.

Pareciera que todos en la vida necesitamos momentos de pentecostés, de derrumbes interiores, de despojos de seguridades, de renovación de posibilidades. Todo eso conlleva necesariamente sostener una crisis. Algo nos debe quemar por dentro para poder salir de nuestro propio amor, querer e interés. La rutina tiende a amoldarnos y no nos resulta fácil ni espontáneo salir de ella, arriesgarse y renovarse. Esto nos pasa a todos. Este proceso de conversión lo tuvieron que hacer aquellos primeros discípulos de Jesús. Comprendieron finalmente que era conveniente la partida del Señor. Con el Espíritu Santo defensor podían ahora asumir el envío de ir por todas partes. Al recibir esta ayuda se dieron cuenta inmediatamente que el Espíritu de Dios no resultaba ser un espíritu de monotonía, de uniformidad, o de estancamiento. Por el contrario, fue políglota y polifónico, permitió el diálogo y los acuerdos entre quienes tenían puntos de vista distintos o modos de ser diferentes. Con el Espíritu Santo se hacía posible el milagro de entenderse entre los seres humanos.

Pedimos pues que el Espíritu Santo despierte en nosotros la fe y la confianza para hacernos portadores de la Buena Noticia de Jesús, para que cuidemos la vida de todos.

ASCENSION DEL SEÑOR

Las lecturas de hoy refieren el último episodio de la presencia de Jesús en este mundo. Los textos lo describen como una historia de ocultamiento, forma literaria conocida y común en la antigüedad. Esta semana, en medio de las noticias del tornado y la tromba marina en el sur, apareció otra bien extraña: la desaparición por varias horas del tren que hace el trayecto entre Constitución y Talca, ruta antigua y hermosa que hace muchos años tuve el gusto de recorrer. No se tuvo noticias del tren porque al parecer, dada la complejidad de la geografía de esos lugares por los que atraviesa, las estaciones perdieron contacto con la máquina alentando extrañas explicaciones de este ocultamiento.

Al parecer el evangelista Lucas hizo uso del esquema y del modelo narrativo de ocultamiento que estaban a su disposición en aquel tiempo. De este modo relata el momento en que Jesús, después de haber dado las últimas instrucciones a los apóstoles, saliendo a caminar juntos, subió a un monte y al llegar a la cima se separó de ellos y ascendió hacia el cielo. Cuando decimos que Jesús subió a los cielos no queremos decir que, anticipándose a la ciencia moderna, emprendiera un viaje sideral. No es una subida al cielo de las estrellas y de los viajes espaciales de los astronautas, por lo demás anhelo de muchos que ya se ven caminando por Marte. No fue el de Jesús un viaje como estos. La subida de Jesucristo al cielo fue un pasar del tiempo a la eternidad.

La narración evangélica que hemos escuchado es muy corta, pero este episodio representó un momento crucial para la vida de Jesús y para la historia de los discípulos. Dice la primera lectura que “una nube lo ocultó de la vista de ellos”. Esa nube no fue un fenómeno meteorológico. Fue y es el símbolo de la presencia próxima y misteriosa de Dios. En el Evangelio se termina con Jesús “llevado al cielo”, comenzando la primera lectura con el relato del día en que Jesús “subió al cielo”.

Es interesante hacer notar que la orden que Jesús da a los apóstoles, tanto en el libro de los Hechos como en el Evangelio, exige pasividad total: no ausentarse de la ciudad y aguardar. Pareciera que hay que esperar sin hacer nada. Esta permanencia y espera pasiva debe durar hasta que todos sean bautizados en el Espíritu Santo y revestidos del poder de lo alto. Como vemos se está aquí refiriendo claramente a Pentecostés. La narración de la Ascensión es la culminación del itinerario de Jesús y el tránsito entre el tiempo de Jesús y el tiempo de la Iglesia, inaugurada precisamente con el Espíritu Santo que había prometido Jesús.

Al recibir el Espíritu la comunidad de los creyentes asumirá como propia la misión de continuar el trabajo comenzado por Jesús: de manifestar el Reino del Padre. Aquel día de la Ascensión los discípulos vivieron una experiencia religiosa profunda, es decir, experimentaron internamente que el Señor se quedaba ya definitivamente junto a ellos con su Palabra y con su Espíritu. Pero no por ser una cercanía misteriosa iba a ser menos real que antes. Ellos comprendieron que en el futuro cualquier lugar de la tierra, en cualquier época, en cualquier momento, reuniéndose dos o más discípulos en nombre del Señor, Cristo iba a estar en medio de ellos. Esto es lo que los lleva a experimentar una inmensa alegría. Nadie en el mundo podrá ya alejar a Jesús de sus vidas. Esta alegría de los discípulos es también ahora nuestra alegría. Por eso el Papa Francisco ha dicho que no hay que ser un cristiano melancólico que “tiene más cara avinagrada que la gozosa de los que tienen una vida bella. El gozo no puede estancarse: debe avanzar”.

Pero esto no quiere decir que los discípulos de Jesús, y también nosotros, hayamos resuelto todos los problemas. Seguimos siendo personas débiles, incrédulas, y a ratos llenas de miedo. Sin embargo, a pesar de todo eso, podremos manifestar el amor de Jesús siempre y hasta los confines de la tierra. El desafío será pues encontrar un poco de cielo en la vida de cada persona que se cruza en nuestro camino y a la vez ser también nosotros embajadores del cielo. En otras palabras, el deseo de Jesús es dejar en esta tierra testigos. Esto es lo primero: “ustedes serán mis testigos”. ¿Testigos de qué? Testigos alegres que comunican la experiencia de un Dios bueno y que contagian su estilo de vida trabajando por un mundo más humano y justo. La audacia para ser esos testigos la sacaremos del Espíritu de Dios que nos va a defender en todo momento y que nos soplará valentía. Habrá que quedarse en un primer momento en la ciudad, pero luego habrá que salir fuera con gran entusiasmo. Pidamos de corazón ese Espíritu Santo.

SEXTO DOMINGO DE PASCUA

Hemos escuchado en la primera lectura que al comienzo del cristianismo se produjo un fuerte conflicto en la primera comunidad. Dice el texto que se originó una “agitación” y una fuerte discusión entre los seguidores de Jesús. Todo eso condujo a la celebración del Concilio de Jerusalén, el primero en la historia de la Iglesia. El origen del conflicto fue el parecer de algunos de exigir a los no judíos que se convertían al cristianismo de acceder al rito de circuncidarse. El argumento que esgrimían era que de no hacerlo los no judíos no podían entrar en el reino de Dios. Recordemos que según el rito judío la circuncisión se realizaba al niño hombre a los ocho días del nacimiento asegurándole de ese modo todas las bendiciones prometidas para el pueblo elegido por Dios. El acto ritual de la circuncisión estaba entonces cargado de un fuerte significado cultural y religioso para el pueblo judío. Esto era lo que deseaban imponer los cristianos judíos a los cristianos paganos.

Los que estaban en contra de esta idea decían que la circuncisión ya no era importante porque en el cristianismo hombres y mujeres eran todos iguales y por el Bautismo todos adquiríamos la dignidad de hijos de Dios y miembros del cuerpo de Cristo. Lo que sí se necesitaba hacer era una constante “circuncisión del corazón” para que tanto hombres como mujeres lograran purificarse del egoísmo, del odio, de la mentira y de todo aquello que desordena la vida. La inquietud y el desconcierto que se habían provocado entre corrientes tan dispares fue resuelto a favor de esta posición que San Pablo defendió con pasión.

Por otro lado, en la segunda lectura tomada del Apocalipsis, se nos presenta también una crítica a todo intento de exclusión. Juan veía en sus revelaciones la nueva Jerusalén que bajaba del cielo y que era engalanada para su esposo, Cristo resucitado. La crítica que le hacía el cristianismo al judaísmo era que éste se dejó acaparar por el templo, en el cual unos pocos podían relacionarse directamente con Dios. En cambio, la Nueva Jerusalén que Juan describe en su libro no necesita templo porque Dios mismo estará manifestando su gloria y su poder para todos. Por tanto, ya no habrá más exclusión -ni puros ni impuros-, porque Dios lo será todo en todos, sin distinción alguna. Como podemos ver las lecturas de hoy nos señalan que para disfrutar de Dios la única condición necesaria será vivir desde un encuentro personal con Jesús sin excluir a nadie previamente de esta hermosa experiencia.

Al escuchar estos textos lo primero que se nos viene a la mente es que los conflictos resultan inevitables. No se desea el conflicto, pero el conflicto aparece necesariamente. Más de alguno se escandaliza cuando ven a sacerdotes u obispos pensar de manera distinta, o a cristianos actuar de manera diferente en cuestiones que son opinables. Muchas veces puede suceder que, estando de acuerdo en lo fundamental que para nosotros siempre será la verdad de Jesucristo, podamos experimentar diversas maneras de mirar las cosas. No todos podemos pensar de igual modo. En la vida para muchas cosas hay visiones diferentes y éstas, lejos de dividirnos, pueden llegar a enriquecer el conjunto. No podemos concluir necesariamente que la Iglesia está en crisis, o que una familia está en crisis, o que un país está en crisis, cuando vemos a personas opinar de forma diferente. En las contradicciones se nos está regalando una estupenda oportunidad para descubrir la verdad, para salir adelante con mayor profundidad y calidad. Esto es lo que sucedió finalmente en el Concilio de Jerusalén.

Pero lo que siempre será necesario en estas situaciones es discutir, confrontar y reaccionar con un corazón en paz. En el Evangelio de hoy volvemos a escuchar de boca de Jesús su regalo de paz: “les dejo la paz, les doy mi paz”. En estos tiempos que vivimos de inquietud y temor, de desprestigio eclesial, hace bien recordar estas palabras pronunciadas durante la Última Cena. Por tanto, en un contexto muy conflictivo y donde los ánimos, ustedes comprenderán, no eran de los mejores. ¿Qué permite la paz? Sin duda la presencia de Dios en la propia vida, el hecho de mantener el lazo fuerte con la persona de Jesús. La afirmación del Señor es clara: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”. Cuando uno se siente habitado por Jesús todo resulta diferente y las discusiones que tengamos, aunque sean acaloradas, finalmente nos conducirán a la anhelada verdad que todos esperamos.  

Cuando uno se sabe de memoria a Jesús, cuando uno se asimila a Jesús, se pierde en Él y pasa Él a ocupar el centro de los propios pensamientos y sentimientos, uno podrá tener la certeza de que, aunque se produzcan divergencias, mejor es no excluir a nadie en las conversaciones que tengamos porque ya no hay impuros a los que hay que ignorar. Esta forma de concebir las cosas nos llevará a saber enfrentar las situaciones duras de la vida sin desesperarse contando siempre con la abundancia de la paz que regala el Señor.

 

TERCER DOMINGO DE PASCUA

El Evangelio que acabamos de escuchar retrata de algún modo la situación de quienes han vivido alguna vez, o están viviendo actualmente, un doloroso sentimiento de inutilidad en la vida. En la lectura se nos ha descrito la experiencia de Pedro y la de un grupo de compañeros que pasaron toda una noche sin pescar absolutamente nada. Están desanimados y muertos de frío aquella mañana a orillas del mar. Similar experiencia a la que tienen muchos hombres y mujeres a nuestro lado, de tantos días y de tantas noches, sin que encuentren resultados a los esfuerzos que han desplegado. Yo he estado a veces así. Es esa dolorosa experiencia que tienen algunos de sentirse inútil y de percibir que casi nadie los considera. Es la experiencia de los que creen que ya no producen nada, que están convencidos de que se les pasó la hora, que ya se sienten viejos y cansados, que perdieron la ilusión. El amor parece haberse cansado y al observar ellos mismos sus vidas piensan que se les hizo de “noche”. Algunas veces esta experiencia va acompañada con la certeza de que Dios parece que se ha escondido.

Sin embargo, la historia que nos narra el Evangelio de hoy es muy hermosa. Dice que amanecía sobre el lago y que un desconocido se acercó observando el cansancio de los apóstoles, sus fatigas y desilusiones. Ese desconocido les preguntó si tenían pescado para comer, pero aquellos siete hombres se vieron obligados a confesar todo su fracaso, pobreza e impotencia. No habían pescado nada durante toda la noche. Entonces aquel desconocido, que era Jesús, les invita a buscar en otro sitio, a tirar la red para otro lado. Ellos le hicieron caso y la pesca resultó grande, milagrosa, desmesurada.

Ante esta experiencia de fecundidad y de alegría, uno de los discípulos reconoció la voz del desconocido y les dijo a los demás: “¡Es el Señor!”. Una vez más resonaba en los apóstoles el anuncio de la Pascua: la victoria del Señor sobre la muerte. Entonces Simón Pedro se lanzó al mar y nadó hacia donde estaba Jesús. Los demás, en cambio, fueron detrás en la barca, arrastrando la red con los peces. Es interesante observar en esta historia las diferentes reacciones de esos hombres que corresponden a la diversidad de sus caracteres y de sus dotes espirituales: el que era emotivo reconoce y no se mueve; el activo e impulsivo se lanza al mar; los otros, que eran personas corrientes, arrastran la red hacia la orilla. Cada uno reaccionó a su manera, pero todos se abrieron a la acción de Dios.

A continuación, se nos muestra una escena cordial, llena de ternura. Los vemos a todos juntos alrededor de unas brasas y unos pescaditos asados con un rico pan. San Ignacio agrega que también Jesús les llevó un panal de miel. Todo era dulzura. Era, por tanto, un estupendo desayuno preparado por Jesús en esa hermosa mañana en el lago. Cada uno de los presentes se sintió superado por el amor y por la ternura del Señor. Se dieron cuenta que los esfuerzos que uno hace en la vida nunca son en vano. Nada es en vano cuando Jesús está con nosotros. El Señor siempre estará a nuestro lado, aunque sintamos la inutilidad de nuestros esfuerzos. Siempre el Señor tendrá algo que regalarnos, hasta el último momento de nuestras vidas. La invitación que el mismo Jesús nos hace hoy a cada uno de nosotros, tal como lo hizo aquella mañana, es decirnos: “Vengan a comer”.

Pero esta invitación le trae una pregunta. Es la que Jesús aquella mañana dirigió a Simón Pedro. Fíjense que no fue una pregunta sobre el pasado, del porqué te comportaste de esta manera o de esta otra. La pregunta que Jesús hizo a Pedro, y que también dirige hoy a cada uno de nosotros, es más bien la siguiente: “¿me amas más que estos?” Me cuesta pensar que Jesús se lo preguntaba a Pedro comparando su amor con el de los otros discípulos, como una competencia de quien amaba más al Señor. Me gusta entender que la pregunta más bien era de si lo amaba más que esos peces que habían recién pescado, es decir más que la seguridad o el espacio cómodo en el que uno se siente más protegido cuando se confronta con sus penas. Para Pedro constituía su seguridad la barca, las redes y los pescados. ¿Me amas más que tu seguridad? Pedro respondió: “Señor tú sabes que te amo”. Te quiero mucho más que a todas mis seguridades.

Lo cierto es entonces que Jesús interpeló a Pedro sobre la consistencia de su amor. No le recordó la traición de tan sólo unos días antes. Con la pregunta Jesús hace al mismo tiempo responsable a Pedro de las personas que le confiaba. A cada uno de nosotros también cada día Jesús nos pregunta si lo amamos y cada día nos confía la preocupación por los demás. La enseñanza de este Evangelio es que ninguno de nosotros será jamás abandonado, pase lo que pase. Aunque a veces uno se sienta inútil y sin fuerzas el amor lo puede todo y siempre habrá que estar atento a quienes más nos necesitan. Lo que finalmente cuenta es la fidelidad que mostremos cuando estemos cansados a la orilla del mar.

 

QUINTO DOMINGO DE PASCUA

La primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, va relatando el éxito misionero que en su tiempo conseguían Pablo y Bernabé con toda aquella gente que los escuchaba y que no eran judíos. Los empeños misioneros de estos dos personajes se convertían en fuente de propagación del Evangelio a lo ancho de todo el mundo pagano. Por otro lado, en la segunda lectura, el vidente Juan alienta nuestra esperanza con una magnífica visión de “un cielo nuevo y una tierra nueva”, ofreciendo una mirada a la gran meta a la que se dirigen los esfuerzos que hacen muchos para transformar las realidades de muerte que nos rodean con la fuerza vital arrolladora del Resucitado. Una nueva realidad de justicia, paz y amor fraterno trae la nueva Jerusalén que desciende del cielo enviada por Dios embellecida como una novia.

Estos textos sin duda reflejan una gran esperanza. Nos hace bien escucharlos en estos tiempos en cierto modo aplastantes, en que nos vemos sumergidos en tantas noticias desalentadoras, como las de sacerdotes acusados por abusos sexuales y por lo que han tenido que sufrir sus víctimas, o las contiendas políticas que suscitan la reforma de las pensiones, o los líos en el ministerio público y en el nombramiento de una nueva ministra para la Corte Suprema, o la reciente muerte de una mujer embarazada en un paradero en Cerro Navia. Todo eso es muy triste.  Pablo y Bernabé en los comienzos del cristianismo fueron conscientes de lo inevitable que es “pasar por muchas tribulaciones”. Ante tantas realidades negativas que vamos conociendo la desesperanza se nos puede instalar en el corazón. Por eso que la lectura de hoy del Apocalipsis es muy reconfortante. Nos dice que Dios ya instaló su carpa entre nosotros, que habita a nuestro lado, que se apronta a secar nuestras lágrimas, y que desea hacer nuevas todas las cosas.

Pero no podemos quedarnos pasivos ante lo que va aconteciendo. Tenemos que ir haciendo aprendizaje de lo que va ocurriendo. Aquellas situaciones que en determinados momentos nos provocan vergüenza, miedo, nos terremotean, nos quiebran algo por dentro, pueden ofrecernos, al mismo tiempo, posibilidades para purificar nuestras intenciones, para mejorar nuestro proceder y para darle un sentido renovado a nuestra existencia. Incluso la actitud maldadosa que pueden mostrar en ciertos momentos quienes desean principalmente hacer daño puede servirnos también para potenciar un mayor realismo acerca de las cosas y para reparar conductas menos apropiadas que hayamos podido tener. Para los que aman todo puede ser una ocasión propicia porque a través de lo que va sucediendo continuamente estamos siendo llamados, como dice el vidente Juan, a reconocer la presencia de Dios actuando y facilitándonos la vida. No lo olvidemos: los problemas son grandes oportunidades para sentirse acompañados por Dios y para que actuemos en nuestros asuntos de mejor manera.

Debiéramos dejar de lado el negativismo. Recordemos que en todas las apariciones de Jesús Resucitado éste se presentaba regalando paz, consolando tristezas y desilusiones y comunicando la fuerza que se necesita para no encerrarse en uno mismo, que es lo que hace la persona negativa. Fue precisamente en la tarde del jueves santo, durante la última cena, en medio de la confusión de ese momento, cuando Jesús regaló a todos “el mandamiento nuevo”, de amarse unos a otros de la misma manera de cómo Él nos había amado. De un tal amor nace el deseo de un día diferente, de un día mejor, para cada uno y también para todos. De un tal amor nace el deseo del fin de toda tristeza, de toda rabia y de todo poder oscuro. El cielo y la tierra nueva prometida se inauguran cuando comenzamos a amarnos del mismo modo en que el Señor nos ha amado.

El Padre Hurtado decía que “no todo es Viernes Santo. Hay el domingo y esta idea ha de dominar. En medio de dolores, pruebas… optimismo, confianza, alegría. Siempre alegres”. Por tanto, decía, hay que preocuparse de los demás, de hacerles algún bien, de servirles. Esto hace que nuestros fantasmas grises vayan desapareciendo. La felicidad no depende de fuera, sino de dentro. “No es lo que tenemos, ni lo que tememos, lo que nos hace felices o infelices. Es lo que pensamos de la vida”. Hay pues que pensar en positivo. Eso es lo que nos hace misioneros de buenas noticias. Esta es la fuerza que hemos heredado como verdaderos discípulos del Resucitado. Tenemos que salir a demostrarlo.   

Rancagua

PROGRAMA DE DISCERNIMIENTO ESPIRITUAL

  • FUNDAMENTACIÓN

Discernimiento para San Ignacio de Loyola conlleva la seguridad que Dios nos ayudará a tomar buenas decisiones, aun siendo conscientes de ser movidos por fuerzas contradictorias o contrarias entre sí. Unas que nos llevan hacia Dios y otras que nos empujan a alejarnos de él. Cualquiera que haya tomado una decisión importante conoce esta experiencia. Nos sentimos impulsados y orientados por una variedad de fuerzas internas: motivos egoístas contra motivos generosos, motivos libres contra los no libres, motivos sanos y saludables contra motivos enfermizos.

Por lo tanto, el discernimiento es la habilidad de ver claramente cuáles son esas fuerzas; ser capaces de identificar, ponderar y juzgar.

No se trata de seguir a ciegas ciertas reglas y regulaciones. Demás está decir que los Evangelios y las enseñanzas de la Iglesia son esenciales para la formación de nuestra conciencia, pero sobre todo en tiempos de complejidad, uno también debe confiar en los propios impulsos y acciones de Dios dentro del propio corazón.

Una palabra que se repite en la exhortación apostólica Amoris Laetitia (La alegría del amor) del Papa Francisco sobre la familia y el amor es ¨discernimiento. Esta palabra no es una frase genérica sino una con significado específico. Entender el discernimiento, por lo tanto, es la clave para entender el ¨Amoris Laetitia¨, así como también el enfoque general del Papa hacia el cuidado pastoral. La práctica del discernimiento está estrechamente ligada a la idea de la conciencia, también resaltada en este documento, particularmente para aquellos que se enfrentan a decisiones espirituales complejas. El documento preparatorio del sínodo de Obispos sobre los jóvenes volvió a insistir sobre el discernimiento.

¨Discernimiento¨ en el lenguaje común es la habilidad de juzgar sabiamente y ser capaz de escoger cuidadosamente entre muchas opciones. En el servicio pastoral se hace necesario ayudar el pueblo de Dios a discernir, a vivir una mayor convicción las propias decisiones cotidianas y de vida.

Se discierne para elegir lo bueno y nunca lo malo, y ojalá aspirar a lo mejor en relación a las opciones que la persona tiene por delante.

  • OBJETIVO:

Facilitar la comprensión y aplicación del discernimiento en la vida personal, familiar, laboral, etc. entregando herramientas para que el participante realice buenos discernimientos y pueda acompañar a otros/as en el proceso de discernir.

  • PÚBLICO ORIENTADO:

Abierto a todo público; Acompañantes Espirituales, Encargados de Pastoral de Colegios, Orientadores, Catequistas, Equipos Vocacionales, Religiosos(as), Sacerdotes.

  • REQUISITO:

Estar dispuesto a vivir el proceso formativo, no faltar más de 2 veces en el año y participar de los trabajos grupales.

  • HORAS: 28.
  • TEMÁTICAS y FECHAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lugar: Colegio S.S Corazones de Rancagua – El Manzanal.

INAUGURACIÓN DEL CURSO

Martes  09 ABRIL                                          SESIÓN 1                                  4 horas         

19:00hr a 19:30hr hrs.: Bienvenida – presentación del plan de trabajo. ( Selia Paludo)

MÓDULO I

19:00hr 21:0hr Clase inaugural: importancia de saber hacer un buen discernimiento.

Expositor: Ximena Rodríguez

2° sesión: 30 de abril:

19:00hr a 21:00hr Madurez afectiva. Maduración humana y autoestima. Emociones y pensamientos.

Expositor: Alejandra P.

MÓDULO II Discernimiento Ignaciano

 

Martes 07 y 28 de MAYO                              SESIÓN 2                                            4 HORAS

 

Discernimiento Ignaciano  

19:00 a 21:00 hrs.: San Ignacio de Loyola (Autobiografía).

Expositor:  DIA 07 Angela Perragalo  y dia 28 Ximena Rodrigues

 

SÁBADO 8 DE JUNIO                         SESIÓN 3                                                     4 HORAS

9:30 a 13:30 hrs.: 1ª. Parte ¿Qué son las Reglas De Discernimiento; Los espíritus y su modo de actuar: Discernimiento de espíritus; Consolación; Elección de vida: Reforma de vida; ¿Modos y tiempo de discernimiento?

Expositor :

MÓDULO III              

Discernir para encontrar la voluntad de Dios

SÁBADO 06 de julio                                       SESIÓN 4                                                4 HORAS

“Qué es la voluntad”: busca y encuéntrala

9:30hrs a 13:30hrs. Discernir la voluntad de Dios.

Expositor: Blanca

MÓDULO IV

Un hombre discerniente: P. Hurtado y el discernimiento

                   

Martes   06 y 27  AGOSTO                                             SESIÓN 5                                    4 HORAS

 

19:00hr a 21:00hr hrs.: Padre Hurtado y el discernimiento

Expositor día 6 : P. Jaime C.

Expositor día 27:  Angela Perragallo.

MÓDULO V

Un buen discernir en comunidad

 

Sábado 31 AGOSTO                                      SESIÓN 6                                             8 HORAS.

9:15 a 13:15 hrs.: Diversas mociones que Surgen en el Ser de una comunidad

Expositor: P. Juan Diaz.SJ

14:30 a 18:00 hrs.: Retiro y Evaluación

Expositor: Selia Paludo

ADHESION:      $ 98.000 POR PARTICIPANTE

POR SENCE  $125.000 POR PARTICIPANTE.

Parroquia santa María de Las Condes

Servicios que apoyará el CEI en la Parroquia santa María de Las Condes

Objetivo: Fortalecer los vínculos comunitarios entre los participantes y su acción evangelizadora.

Primera actividad: Tomemos un café y hablemos de nuestra vocación laical

Se entrega un librito de bolso

Día 15 de mayo

Horario 20:30 a 22:00hr

Cupos 30

Adhesión: Parroquia $ 4.000 Por participante

Día 29 de mayo

Horario 20:30 a 22:00hr

Cupos 30

Adhesión: Parroquia $ 4.000 Por participante

Segunda actividad: Retiro del día 31 de mayo al 02 de junio con alojamiento.

QUÉ SON LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES?

¿Qué son?

Son un encuentro profundo y personal con Dios en un diálogo fraterno “como un amigo habla a otro amigo”, en que vamos profundizamos   nuestro conocimiento de Cristo, quien nos invita a caminar con Él, como  hijos de Dios, hermanos de todos y servidores de la vida

¿Para qué?
Ayuda a conocer las propias resistencias y dificultades los “afectos desordenados” que tenemos en nuestra vida, y que nos impiden ser libres
Nos conduce por un camino de libertad, para transformarnos, liberarnos de todo aquello que nos ata y esclaviza.
“Ordenar la vida” vivir unidos con Dios, para buscar, hallar y realizar su voluntad.
Invitación a vivir en la plenitud y felicidad que Dios quiere para nosotros.

Anímate a vivir esta experiencia, con momentos de silencio y de compartir grupal.

Lugar: casa de retiro Calera de tango

Horario: inicio día 31 las 20hr; termino día 02 las 13hr

Adhesión: $ 70.000

Cupos 21.

 

Tercera actividad: Curso Bíblico

ESPIRITUALIDAD EN LA BIBLIA

Si desea seguir formándose en el conocimiento de la Palabra de Dios  y buscas un encuentro con El por medio de la  Palabra te invitamos a participar del curso la Espiritualidad  en la Biblia.

Encuentro con la Belleza y presencia de Dios en su Palabra

Objetivo general: Encontrarme con Dios Trino en la Palabra    creciendo en el desarrollo de propia espiritualidad.

Requisito para participantes: Desear crecer en el encuentro con la Palabra, disposición para conocer y dejarse provocar.

Beneficio del participante: crecimiento en el conocimiento de la Palabra de Dios y fortalecimiento de la propia fe.

Expositor: Jaime Castelán sj

Horas: 12 horas

Metodología

Tres módulos de 4 horas cada uno. Una persona puede inscribirse en un módulo o las tres.

Adhesión: $ 40.000

 

Primer modulo

Tema: El acompañamiento espiritual de Jesús.

Fechas: 05 y 12 de junio

Horario: 20:30hrs a 22:00hrs

 

Segundo modulo

Tema: la búsqueda de la voluntad de Dios Moisés

Fechas: y 19 y 26  de junio.

Horario: 20:30hr a 22hrs

 

Tercero modulo

Tema: El discernimiento en San Pablo

Fechas: 03  y 10 de julio.

Horario: 20:30hr a 22hrs

 

Inscribirse con

Email : Beatriz Larraechea <blarraechea@gmail.com

Teléfono: 992384919.

Email: Fernando López < fjlopeztarres@gmail.com

Teléfono: 993326022.

o en Ignaciano.cl

Secretaría de la parroquia .Santa María de Las Condes

REFLEXIÓN “El Discernimiento Espiritual”

El Discernimiento Espiritual
Reflexión Mensual –  Abril 2019 

El discernimiento espiritual es un diálogo de deseos: los deseos que tiene cada persona (según la realidad en la que se halle) con los deseos de Dios. Se trata de los deseos profundos: los que dicen quién es cada uno en lo más íntimo. Este diálogo de deseos se da para producir algo nuevo, algo que brota del corazón de cada persona.

El discernimiento espiritual cristiano se sustenta sobre dos pilares inseparables: uno el influjo de las mociones (movimientos, impulsos), que influyen en el psiquismo humano. Y el otro, la figura histórica de la vida de Cristo.

Para que haya discernimiento espiritual se necesita trabajar dos condiciones indispensables: 1ª) la “libertad de los afectos desordenados” o “libertad interior”, y ello supone tanto la abnegación del amor propio y la relativización del propio juicio. 2ª) La “rectitud de intención”. A estas dos condiciones o principios se les pueden llamar, “sinceridad y verdad”.

El discernimiento de espíritus tiene una función clarificadora en torno a los tres aspectos siguientes: 1ª) La objetivación del origen de las mociones: ¿qué me mueve y hacia dónde me conduce? 2ª) La elección del mejor modo de comportarse frente a lo que provocan estas mociones: ¿cuál actitud o comportamiento elijo? 3ª) El equilibrio para atemperar los extremos hacia los que puede inclinarse la persona: “ni alzarse ni hundirse”. Por este motivo, al discernimiento sólo se le puede pedir: 1º) que ayude a consolidar mi libertad; 2º) que dé pistas para captar hacia qué estado de vida me inclino (soltero, casado, consagrado); y 3º) que arroje luz para percibir la situación espiritual en la que me encuentro.

Ahora bien, dada la tendencia inconsciente (en principio natural y buena) del psiquismo humano a “instalarse” en seguridades que terminan por convertirse en auténticas ataduras, el discernimiento implicará:

  1. a) Capacidad de escucha, apertura, búsqueda, relación y encuentro con los demás. La convicción de que no me lo sé todo, de que mi juicio y opiniones no son siempre los mejores, ni los más correctos.
  2. b) Conocimiento y dominio de los propios condicionamientos afectivos o ideológicos, ansias de poder, controlar, poseer, figurar. Hacerse consciente de los propios prejuicios que desenfocan, distraen. Darse cuenta de que se es muy sensible a ciertos valores y ciego ante otros; inclinado a ciertas prácticas sociales y no a otras; con determinados intereses que se defienden, pero que no son tan buenos como se cree; muy atento a cómo pueden reaccionar determinados interlocutores y sordo a lo que opinan otros. A todas estas dinámicas se les conoce como “afectos desordenados”.
  3. c) Capacidad de cambio. La libertad para asumir riesgos y prontitud para responder sin que la prudencia anule la valentía que inspira el Espíritu. Capacidad para afrontar situaciones de forma novedosa y creativa, para abandonar estrategias que ya no sirven y optar por nuevas ideas. Todo esto tiene que ver con la libertad, la generosidad y la disponibilidad que la persona tenga o vaya adquiriendo en la vida.

La finalidad del discernimiento espiritual es aprender a vivir con alegría, fraternos, solidarios, eficaces, servidores. San Ignacio diría que el discernimiento es la base para que la persona viva y se desarrolle guiada por la “ley interna de la Caridad” (ley del Amor). Una norma interior que nos enseña a conducirnos de la mejor manera posible, en el aquí y ahora de las circunstancias concretas de la vida, como persona, como miembro de una familia, como ciudadano.

Si me falta discernimiento, comienzo a desquiciarme, me invento un mundo y creo en él, llamo bien al mal y al mal bien, idolatro las cosas y a las personas, espanto la alegría, desaparece la esperanza, muere la vida.

 

(Santiago Arzubialde sj.)
(Gustavo Albarrán sj.)