DOMINGO 12 de agosto TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO DECIMONOVENO TIEMPO ORDINARIO

Acabamos de escuchar en boca de Jesús su consejo de que
debemos estar preparados, atentos y vigilantes. Esto no debiera
provocar en nosotros de ningún modo ansiedad, o subida de
presión, o nerviosismo, ni tampoco miedo, conductas que podría
llegar a tener, por ejemplo, alguien que sospechara de algún
peligro, de que lo puedan robar o asaltar. Jesús ha dicho que hay
que estar vigilante, pero, al mismo tiempo, nos ha señalado algo
muy reconfortante: “No temas pequeño rebaño, porque el Padre de
ustedes ha querido darles el Reino”. Es decir, ha dicho que estemos
atentos, pero ha agregado a continuación: no temas rebañito mío.
Vigilantes sí, pero siempre confiados en Él. De este modo se auto
comprendían las primeras comunidades cristianas: por un lado,
eran conscientes de su pequeñez e impotencia ante un mundo que
les era hostil; pero, sintiéndose al mismo tiempo con la seguridad de
quienes tienen protección y con la victoria ya alcanzada. ¡Jesús y yo
mayoría absoluta! De igual modo tendríamos que vivir también
nosotros.
Desde esta perspectiva podemos entender entonces las otras
sugerencias que siguen en el texto evangélico que hemos
escuchado: que dado que Dios se nos regala, todo lo demás pasa a
ser menos importante; que uno no puede quedarse pasivo sin hacer
nada; que se hace urgente ordenar el propio estilo de vida,
preocupado tantas veces en obtener simples resguardos materiales;
que debe notarse que Dios es nuestro tesoro y que es ahí donde
debe estar nuestro corazón; que hay que tener las lámparas
encendidas para que ningún ladrón nos venga a robar la paz. Cada
uno de nosotros debiera poner nombres a todas estas expresiones
de Jesús: ¿qué significa tener las luces encendidas y esperar
atentamente? ¿qué ladrón puede venir a asaltarme? ¿cómo ser
más responsable en mi actuar diario?
Jesús nos advierte que a quienes se nos ha dado mucho, en
bienes, capacidades intelectuales y de otro tipo, se nos reclamará
mucho más. Como vemos no hay tiempo que perder. Hay en este
lenguaje usado por Jesús una urgencia que hace que se tenga que
relativizar todo. Lo único que cuenta es la presencia del Señor que
nos trae consuelo y alegría, que nos mueve a la acción en beneficio
de los demás. Esto es el tesoro más preciado del que podemos
disponer.

Con todo, no es un discurso fácil de oír. Los que hemos tenido
responsabilidades y se nos han confiado tareas importantes
podemos reconocer que muchas veces no hemos estado a la altura
de las circunstancias y que hemos podido causar daño. Además,
dado que en estos tiempos nos envuelven las desconfianzas, no es
de extrañar que algunos tiendan a asegurarse de todas las formas
posibles. Una forma puede ser simplemente esconderse y huir. Otra
es que, en vez de atesorar los bienes en el cielo, se prefiera mejor
tenerlos en depósitos a plazo muy seguros o en cajas de seguridad.
Quienes necesitan los aplausos viven pendientes de las encuestas
que les van señalando el lugar en que están en el momento
presente, ya sea subiendo o bajando, y se cuidan en lo que dicen y
hacen. Muchos de nosotros consumiendo los años vamos haciendo
extremadamente fatigosa la propia jornada apareciendo como
dependientes de mil cosas incontrolables, y todo a un ritmo
debilitante y agotador. En estos tiempos cuando a alguno le llega a
fallar el celular o se le cae la red de Internet pareciera estar
sufriendo un gran terremoto vital. No queremos imprevistos y por
eso nos aseguramos, y a veces desmedidamente. En fin, somos
numerosos quienes habiendo recibido mucho ofrecemos tan poco
en serenidad, paz, alegría, fe, esperanza y ternura a los demás.
Este estilo de vivir se los estamos transmitiendo también a los
niños. Hoy que es el día del niño pareciera ser que lo más
importante de esta fiesta sea la adquisición de juguetes esperando
que ellos queden contentos con cosas materiales. Como dijo
alguien, los creativos de agencias publicitarias están sacando a los
niños de sus juegos sencillos, los botan de sus caballos de madera,
les quitan el oro de sus botines y tesoros imaginarios, y los lanzan a
un abismo multicolor donde cada cual es devorado por los
monstruos alimentados por el uso desmedido de las consolas de los
video juegos. No les estamos enseñando a los niños en cambio
atesorar en el cielo. Los niños y también los adultos ya no soñamos
lo suficiente, ya no nos asombramos, ya no corremos riesgos, nos
complicamos demasiado. Y esto tiene un costo a la larga.
Habrá pues que reaccionar ante todo esto intentando soñar en
tesoros en los que valga poner el corazón.

 

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