Epifanía del Señor – II Semana de Navidad

Comentario a las lecturas de la liturgia desde el domingo 5 al sábado 11 de enero.

La liturgia en este tiempo nos hace tomar conciencia de la riqueza de la diversidad, sobre todo si sabemos aceptarla y no pretendemos imponer nuestra manera de ver las cosas. Porque el ciclo de Navidad conjuga tradiciones occidentales y orientales de nuestras iglesias cristianas, en las que subsiste la única Iglesia de Jesucristo, santa, católica y apostólica (cf. LG 8). Así, al recordar la manifestación del Hijo único del Padre, en nuestra carne mortal, conjugamos la celebración occidental del 25 de diciembre con la oriental del 6 de enero (que, en Chile, se traslada al domingo, por no ser festivo el día 6). Eso nos permite destacar lo deslumbrante del misterio del Dios-con-nosotros. Los sabios de Oriente que menciona el evangelio de san Mateo nos permiten contemplar realizada en Jesús la profecía de Isaías: “Todos vendrán desde Sabá (el remoto sur), trayendo oro e incienso”. Y lo que dice el salmo 72 (71): “Los reyes de Tarsis (es decir, el remoto occidente) y de las costas lejanas le paguen tributo, los reyes de Arabia y de Sabá le traigan regalos”.

Que la abundancia y la magnificencia de las imágenes no nos distraiga del misterio de amor que se nos revela: Dios está con nosotros y en nosotros. Dios asume nuestra vida, desde la cuna hasta el calvario, y no deja de estar con nosotros, aunque nosotros dejemos de estar con él.

Sigamos bajando, entonces, en el camino de Jesús. Porque no sólo nos revela su gloria: Junto con los sabios de Oriente, se acerca a Jesús el odio de Herodes. Y la Epifanía se completa con el Bautismo del Señor, que celebraremos el domingo siguiente. Se nos revela así su abajamiento: al descender bajo las aguas del Jordán, revela que ha venido a compartir nuestra muerte. Podemos, entonces, seguirlo y morir con él a nuestra antigua vida de pecado, para compartir la vida del Resucitado.

Pero, el final no es la muerte. El final es la gloria del Hijo Amado del Padre, que se manifiesta y se celebra también en la Epifanía. El final es el eterno banquete de bodas, que se simboliza en las bodas de Caná: El Esposo, Cristo, ha llegado a buscar a la Esposa, su Pueblo elegido. ¡Felices quienes se unen al banquete de bodas del Cordero!

Como dice la antífona del cántico de Laudes de la Epifanía: “Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial Esposo, porque en el Jordán, Cristo ha lavado los pecados de ella, los magos acuden con regalos a las bodas del Rey y los invitados se alegran por el agua convertida en vino. Aleluya”.

Durante la semana, mientras diversos textos de los evangelios nos ayudan a contemplar los comienzos del ministerio de Jesús en Galilea, la primera carta de San Juan nos hace sacar las consecuencias, para nuestra vida, de creer en la Palabra hecha carne: “Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al que es Verdadero; y nosotros permanecemos en el que es Verdadero, en su Hijo Jesucristo”.

JOSÉ M. ARENAS SJ
Liturgista amateur y colaborador frecuente del sitio Jesuitas Chile. Da Ejercicios Espirituales y forma parte del equipo del Centro de Espiritualidad Ignaciana. Consultor del Arzobispado, de la Conferencia Episcopal y de la Santa Sede en temas de ecumenismo y diálogo interreligioso.

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