Evitar cargar mucho la barca

Para no vivir siempre excesivamente atareados, con el temor difuso de no haber llenado la barca como corresponde, necesitamos tener un convencimiento profundo de que es Dios quien guía nuestros pasos, que es Él quien bendice nuestras pequeñas y frágiles decisiones, y que nos quiere ver trabajando contentos.

Cualquiera de nosotros que quiera cumplir con una tarea, que desee conseguir un relativo éxito en ella, al mismo tiempo que ofrecer a otros el provecho de sus esfuerzos, debe estar dispuesto a desplegar lo mejor de sí. Los sacrificios que muchas veces supone poner en ejercicio la mejor versión de uno mismo son enormes. De partida debe estar dispuesto a navegar en tempestades. Además, debe asumir una de las cosas que más cuesta vivir en todo empeño: la interior sensación de que si uno se descuida puede incluso perder lo que hasta ese momento había logrado con tanto esmero.

El diario esfuerzo, rutinario y cansador, y el consiguiente miedo latente a perder o a deteriorarse lo ya alcanzado, mueve a muchos a un activismo desenfrenado que, por un lado, les asegure sus posesiones y, por otro, les garantice nuevas conquistas. San Ignacio llamaba a este desenfreno «fervor indiscreto». Al no poseer moderación —decía—, «el bien se convierte en mal y la virtud en vicio».

Corría el año 1547. Había en Portugal, en Coimbra, un colegio repleto de jóvenes llenos de ideales, deseosos de salir a conquistar el mundo llevando el Evangelio de Jesucristo, gente que deseaba estudiar y prepararse bien para hacer cosas grandes con sus vidas. En ese ambiente de grandes deseos y sueños de perfección un grupo de jóvenes jesuitas trataban de superarse unos a otros en un exceso de prácticas religiosas. Competían y se excedían. En mayo de ese año Ignacio decide finalmente escribir una carta para advertirles respecto al daño que provocaba el fervor indiscreto en el que estaban cayendo, aconsejándoles que el servicio que se presta debe ser siempre un servicio razonable.

Les dice que un fervor indiscreto a la larga no permite servir a Dios ni a los demás, porque sucede lo mismo que con un caballo cansado y fatigado que, por estar extenuado, no acaba con el camino trazado y no lleva al jinete a su destino. Les dice también que no suele conservarse lo que se trabaja con demasiado apresuramiento y que, en tal caso, si uno llegara a caerse la caída puede resultar bien peligrosa porque es desde una altura considerable.

«DISCRETA CARIDAD»

Por último, les señala que hay que «evitar el peligro de cargar mucho la barca; y es así que, aunque es cosa peligrosa llevarla vacía, porque andará fluctuando con tentaciones, más lo es cargarla tanto que se hunda»(1).

Al fervor indiscreto, que impulsa a cargar la barca de nuestras actividades más de la cuenta y sin miramientos, Ignacio contrapropone un modo de proceder que consiste en ejercitarse en la «discreta caridad». Este consiste en amar con discernimiento. Es el amor maduro, que se entrega, pero que no descuida otros aspectos importantes de la vida, como son los de encontrar tiempos para descansar, espacios para comunicarse con lo más profundo de nosotros mismos y para conectarse con Dios. Este ejercicio permite que uno sea capaz de decir «no» a cosas que no puedo hacer y a decir «sí» a modos de existir y de acción más equilibrados.

Va en esa línea cuando en las Constituciones de la Compañía de Jesús, a favor de una sana actividad física de las personas, Ignacio legisla lo siguiente: «Como no conviene cargar de tanto trabajo corporal que se ahogue el espíritu y reciba daño el cuerpo, así algún ejercicio corporal para ayudar lo uno y lo otro conviene ordinariamente a todos, aun a los que han de insistir en los mentales, que deberían interrumpirse con los exteriores, y no se continuar ni tomar sin la medida de la discreción»(2).

Para no vivir siempre excesivamente atareados, con el temor difuso de no haber llenado la barca como corresponde, necesitamos tener un convencimiento profundo de que es Dios quien guía nuestros pasos, que es Él quien bendice nuestras pequeñas y frágiles decisiones, y que nos quiere ver trabajando contentos. Con la discreta caridad evitamos llegar al punto del colapso.

(1) Carta de san Ignacio a los Padres y Hermanos de Coimbra, 7 de mayo de 1547, en Epp 1, 495–510.
(2) Constituciones [298].

Fuente: Revista Mensaje, edición octubre 2017.

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