Mirar la vida de una manera nueva

Te invitamos a descubrir qué es la espiritualidad a través de un texto cercano e inspirado en la vida de hoy. Resulta interesante observar cómo la espiritualidad está inserta en los momentos que vivimos día a día, y reconocer el significado de la vida en lo cotidiano.
Junto a este documento te invitamos a descubrir qué es la espiritualidad y a encontrar respuestas desde lo ignaciano.

La espiritualidad tiene que ver con la vida y con nuestra forma de vivirla. Tiene que ver con el ánimo con el que nos levantamos todos los días para ir a trabajar, con la manera de afrontar los problemas de los hijos o con nuestras relaciones con el vecino del quinto. Tiene que ver con nuestra reacción cuando, delante del espejo, las arrugas nos indican que vamos envejeciendo; tiene que ver con las páginas que visitamos en Google, con nuestro tiempo libre, o con el espíritu con el que sobrellevamos la enfermedad, nuestra o de un ser querido. Y tiene que ver, por supuesto, con lo que las personas creyentes llamamos Dios y con esa experiencia que cambia la vida hasta el punto de querer desvivirse por los demás.

Espiritualidad viene de «espíritu», que originariamente significa viento, aliento. Indica libertad, brisa, algo difícil de encerrar y encasillar. Por eso, la espiritualidad no es patrimonio exclusivo de las religiones y de los creyentes. Muchas personas, quizás tú, alejadas hoy por distintos motivos de las grandes tradiciones religiosas, no renuncian por ello a cultivar su espíritu. En un mundo plural y en cambio no es fácil definir con exactitud qué es espiritualidad. Pero parece que los distintos itinerarios confluyen en algunos puntos fuertes: el cultivo de una sensibilidad humana profunda que desarrolle la empatía y la capacidad para elegir lo mejor; la salida de la perspectiva espontáneamente egocéntrica con la que nos situamos ante las personas y ante toda la realidad; la búsqueda de una forma de vida reconciliada, compasiva y solidaria.

Existe una coincidencia más: ¡qué difícil es intentar vivir con sentido de humanidad profunda! Entre otras cosas porque requiere tiempo y eso es, precisamente, lo que no tenemos. Nuestras agendas están siempre repletas. Nuestros días están llenos de cosas por hacer, proyectos por terminar, reuniones, documentos, emails que enviar, libros por leer, informes para entregar. Nuestras vidas parecen maletas repletas con la cremallera a punto de estallar. Hay un sentimiento constante de que tenemos tareas inacabadas, promesas incumplidas, propuestas inalcanzables. Siempre hay algo más que deberíamos haber recordado, hecho o dicho. Siempre hay gente con la que hace tiempo que no hablamos, a la que no escribimos o que no vemos. Estamos hasta arriba de ocupaciones y, al mismo tiempo, tenemos el sentimiento constante de que no hemos cumplido con todo lo que teníamos que hacer.

Lo extraño, además, es que es muy difícil no tener nada que hacer. Estar ocupado y ocupada se ha convertido en un símbolo de nuestro tiempo. Vivimos en lucha constante contra el reloj. Hace unos años podíamos pasarnos la tarde entera echando una partida al Monopoly con los amigos o la familia. La última versión del Monopoly está diseñada para que las partidas no duren más de veinte minutos. Y políticos y periodistas tienen que desarrollar ideas sesudas en ¡59 segundos!

No sólo estar ocupado, también estar preocupado se ha convertido en un símbolo de nuestra sociedad. Los periódicos, la radio y la televisión nos hacen vivir en una atmósfera de constante emergencia. El tono de voz de algunos reporteros o reporteras, la predilección por sucesos trágicos y la cobertura hora a hora de la miseria humana van alimentando una atmósfera permanente de fatalidad. Y en lugar destacado se sitúa la avalancha de anuncios que advierten de lo que te puede pasar si no ves la entrevista con Fulanito, si no usas estas cremas contra las patas de gallo o si no pruebas aquellos yogures con bifidus y soja. Por si la vida no tuviera ya sus propias preocupaciones, algunos se encargan de fabricarnos otras.

Debajo de nuestras vidas llenas de preocupaciones se esconde, sin embargo, algo más. Mientras nuestras mentes y nuestros corazones están llenos de muchas cosas, y nos preguntamos cómo podemos estar a la altura de las expectativas que nos hemos fijado personalmente o que nos han puesto otras personas, tenemos al mismo tiempo un profundo sentido de estar incompletos. Mientras estamos ocupados y preocupados por muchas cosas, rara vez nos sentimos verdaderamente satisfechos o en paz con nosotros mismos.

Es aquí, en este reto de la vida, donde la Compañía de Jesús quiere seguir ofreciendo lo mejor que tiene de sí misma, su espiritualidad. La espiritualidad ignaciana no consiste en sumar a todo lo que ya hacemos otras actividades «más espirituales». No se trata de «…y ahora, además de lo que haces, apártate de todo y ponte a rezar». La espiritualidad ignaciana intenta ayudar a vivir la vida de una forma integrada. Integrar es marcar un horizonte claro en el proyecto personal de vida: un horizonte que da un plus de calidad y sentido a lo que se va haciendo, que ayuda a vivir reconciliado con uno mismo, con los demás y con la creación.

La espiritualidad ignaciana es un camino para mirar la vida de una manera nueva, agradecida, con ojos compasivos y comprometidos, con dosis de humor, de sentido común, de apoyo en los demás, de una lectura sabia de nuestro pasado para no tomarnos trágicamente el presente y vivir inspirando futuros. Esa es, en definitiva, la mirada de Jesús de Nazaret.

Extracto del Documento “Cinco claves de Espiritualidad Ignaciana”.
Comisión de Espiritualidad de la Provincia de Loyola, año 2010.

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