Nuestra Señora del Carmen, Madre y Reina de Chile; por P. José Arenas SJ.

Mientras los censos y los estudios sociológicos nos muestran que en el país crece el porcentaje de la población que se dice agnóstico o no creyente, al mismo tiempo, esos mismos instrumentos nos señalan que hasta en quienes se declaran no creyentes, hay muchos que declaran creer y confiar en la protección de la Virgen María. Eso explica que la ley que declaró feriado civil el 16 de julio (este año no lo vamos a notar, porque ocurre en domingo) haya sido promovida y aprobada por parlamentarios creyentes y no creyentes.

Es probable también que los subsidios litúrgicos como la Liturgia cotidiana y la Hoja del domingo contribuyan a uniformar las lecturas de la mesa de la Palabra del día 16. Por eso, vale la pena señalar que cada comunidad local podría elegir ese día textos distintos de la Escritura para la respectiva celebración. Sólo para dar un ejemplo: Se puede proclamar el evangelio de san Juan 2,1-11 (la acción de la Virgen en las Bodas de Caná), o bien Juan 19, 25-27 (Jesús en la cruz nos entrega a su Madre como madre nuestra), o también Lucas 11, 27-28 (María es más dichosa por oír la Palabra de Dios y ponerla en práctica que por haber llevado en su seno y haber dado de mamar al Mesías).

Al celebrar en esta fecha a nuestra Madre y “Reina”, pensemos, entonces, que su gloria no está en los decorados que le pongamos, ni en los milagros y maravillas que de ella nos cuenten. Su gloria está en enseñarnos a hacer todo lo que Cristo nos diga; está en compartir con amor y disponibilidad la cruz de su Hijo día a día (¿cuántas veces en su vida habrá tenido Ella que repetir: “Hágase en mí según tu palabra”?). Su gloria está en enseñarnos a ser como Ella: Oyentes fieles y cumplidores de la Palabra de Dios.

En su advocación del Carmen, la Virgen María nos invita a la oración continua, como la de las religiosas y religiosos de la Orden que lleva su nombre, y nos llama a confiar en el amor misericordioso del Padre, y en el cariño fraterno de Jesucristo que, al final del camino de nuestra vida nos acogerá en su Casa para siempre. Las y los fieles que quieren manifestar públicamente su devoción a ella se revisten con alguna de las formas de “escapulario”, como el que llevaba Arturo Prat en Iquique, y que es un “peto” reducido a su mínima expresión. La piedad popular confía en que Ella recibirá en la gloria del Padre a quienes lo porten.

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