Ocho días de Navidad

Desde el capítulo 1 del Génesis, reconocemos como medida habitual del tiempo la semana de siete días. Pero desde la Pascua de Jesús, el octavo día adquiere cierto protagonismo, que se pasa al número 8.

Por eso, nuestros hermanos de las Iglesias orientales utilizan la estrella de ocho puntas, sobre todo en el tiempo de Navidad. Ya en el capítulo 20 del evangelio de san Juan, se percibe que para los cristianos “el primer día de la semana” adquirió una importancia relevante. El “octavo día” es el comienzo de la Nueva Creación, cuya cabeza es Cristo.

Por eso también en la liturgia hubo un tiempo en que las “octavas”, es decir, el octavo día después de una fiesta, se celebraban de modo especial. Actualmente, en el calendario litúrgico quedan propiamente sólo dos: La octava de Pascua y la de Navidad, aunque hay rastros de varias otras: Por ejemplo, en agosto, la celebración de Santa María Reina, ocho días después de la fiesta de la Asunción.

Por eso, en los días siguientes a la Navidad, continuamos celebrando la fiesta: los libros litúrgicos nos invitan a recordarla en la plegaria eucarística. Durante estos ocho días, en el prefacio y en la intercesión por la Iglesia, se invita al que preside (o a un concelebrante, si se da el caso) a expresar que estamos reunidos “en el día santo en que la Virgen María dio a luz al Salvador del mundo” (con esta frase u otra parecida).

De manera que hasta el 1 de enero estaremos contemplando a Dios-Niño en Belén, y meditando sobre el misterio de la Encarnación. A ello nos ayudará la primera carta de san Juan, que nos advierte su condición de testigo presencial: él ha visto, oído y tocado con sus manos la Vida que se ha hecho visible en la Palabra encarnada.

Dentro de la octava, el momento principal lo tiene la Fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, que normalmente se celebra en el domingo entre las dos fechas (se traslada al día 30 cuando el 25 y el 1 ocurren en domingo). Un día para orar por todas las familias, para que sean realmente “iglesias domésticas”, donde aprendamos (y enseñemos) a conocer el amor que Dios nos tiene. Es un momento para recordar, y releer (o leer si no lo hemos hecho) la exhortación de Francisco sobre La alegría del Amor, resultado del sínodo sobre la familia (2014 y 2015). Mientras tanto, para no quedarnos en imágenes ideales, contemplemos a la familia de Jesús: una familia de migrantes-refugiados, que vivió en una zona que hoy padece violencia y terrorismo.

El camino de Jesús comienza en Belén y culmina en el Calvario. Tal vez por eso, desde que se instituyó el ciclo de Navidad, la Iglesia nos invita a contemplar, junto al Pesebre,  a Esteban, el primer discípulo que dio la vida por testimoniar a Jesucristo, y a Juan, el discípulo amado que nos testimonia tanto la realidad de la Encarnación como la de la Resurrección, y a los Santos Inocentes, que, sin saberlo, dieron y dan la vida por Cristo. Después de estas tres fiestas, no hay otra memoria del santoral que deba celebrarse. Sólo cuando ocurre en día de semana, se puede mencionar el día 29 a santo Tomás Becket (+1170), obispo de Canterbury, mártir de la libertad de la Iglesia.

Sigamos, entonces, contemplando con esperanza y alegría al niño que viene a dar la vida por nosotros.

JOSÉ M. ARENAS SJ
Liturgista amateur y colaborador frecuente del sitio Jesuitas Chile. Da Ejercicios Espirituales y forma parte del equipo del Centro de Espiritualidad Ignaciana. Consultor del Arzobispado, de la Conferencia Episcopal y de la Santa Sede en temas de ecumenismo y diálogo interreligioso.

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