PALABRAS: “San José Obrero, el sustento digno”, por Juan Díaz SJ.


San José Obrero, el sustento digno
P. Juan Díaz SJ.

Cuando la gente sorprendida por la enseñanza y las acciones de Jesús comienza a preguntar quién era ese hombre la respuesta no se hizo esperar: “es el hijo del carpintero”. Conocían a José identificándolo como un trabajador de la madera. Nadie dudaba de que Jesús había aprendido a trabajar con él.

¿Quién era José?
De la lectura del Evangelio podemos asegurar ciertos datos: que José era un buen hombre, que fue aprendiendo a descifrar sus sueños, que recibió a su mujer aun sabiendo que ella esperaba un hijo, que asumió la misión que Dios le confiaba de cuidarla y también al hijo que estaba por nacer, que los protegió a ambos con discreción, con humildad y en silencio, pero con una presencia constante y fidelidad total, aun cuando no comprendía muchas cosas. José estuvo con ellos tanto en los momentos gratos de la vida como en los difíciles: en el viaje a Belén para el censo y en las horas nerviosas y felices del parto, en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda del hijo en el Templo, para luego, en los años de la vida cotidiana, enseñar a Jesús su oficio en el taller de Nazaret.
Uno se pregunta de cómo vivió José esta vocación de cuidar a su familia. Era el padre de Jesús a la vez que “la sombra del Padre”. Sin duda que estuvo con la atención constante en Dios, supo escucharlo, estuvo disponible a su proyecto y fue sensible a lo que iba sucediendo, sabiendo leer con realismo los acontecimientos y tomando las decisiones más sensatas. Pero podríamos agregar algo más: preocuparse y cuidar de alguien requiere también de mucha ternura. Nos imaginamos a José como un hombre fuerte y valiente, pero también con un alma llena de ternura.

El sustento de la familia de José
Cuidar a su familia le llevaba también procurar su alimentación. Por tanto, había que trabajar. Probablemente los tiempos no eran fáciles. Se trabajaba duro para conseguir el pan de cada día. Pero trabajar significaba algo más. Y esto lo comprendía José. Al trabajar cada persona repite el gesto de Dios que trabaja en la creación. San Ignacio dirá en los Ejercicios Espirituales: “considerar cómo Dios trabaja y labora para mi bien en todas las cosas creadas…esto es, se comporta como uno que está trabajando” (236). Al trabajar una persona muestra su dignidad porque está cooperando con el plan de Dios. El Papa Francisco lo ha dicho con claridad: “Quien trabaja es digno, tiene una dignidad especial, una dignidad de persona” (Homilía del 1 de mayo del 2013). 

La dignidad del trabajo
A ejemplo pues de José el trabajo que cada uno de nosotros realiza nos hace dignos. Quien no trabaja va perdiendo esa dignidad. Muchos hoy quieren trabajar y no pueden, no encuentran trabajo. Esto hace que nuestra sociedad sea injusta. Para algunos lo que importa más son los balances y beneficios de las empresas, o el provecho que se puede sacar, sin tener en suficiente consideración la promoción de un trabajo digno. Las personas nunca pueden ser menos importantes que todos esos beneficios. Lo mismo acontece cuando no se paga lo justo. ¡Cuántos hay que viven con lo mínimo-mínimo! De ese modo no se permite la creatividad personal, la mejor utilización de las energías y talentos innatos, de todo lo bello que posee un ser humano.
Por eso que el Obispo Alejandro Goic de Rancagua ha animado a pensar para Chile un “sueldo ético” que vaya más allá del mínimo. Este sueldo permitiría a las familias vivir con dignidad. Decía que para que haya una sociedad tranquila, en paz y justa, tenemos que ser una sociedad más distributiva de los bienes. El sueldo que se recibe debiera lograr satisfacer las necesidades fundamentales.
Preocuparnos nosotros de estos asuntos es imitar la conducta de José, de cuidar a quienes se nos encomiendan. Todos somos responsables de lo que le sucede a los que están cerca de nosotros, especialmente a quienes se les pasa a llevar en su dignidad. Todos estamos llamados a cuidar la obra de Dios.  

 
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