TERCER DOMINGO DE PASCUA

El Evangelio que acabamos de escuchar retrata de algún modo la situación de quienes han vivido alguna vez, o están viviendo actualmente, un doloroso sentimiento de inutilidad en la vida. En la lectura se nos ha descrito la experiencia de Pedro y la de un grupo de compañeros que pasaron toda una noche sin pescar absolutamente nada. Están desanimados y muertos de frío aquella mañana a orillas del mar. Similar experiencia a la que tienen muchos hombres y mujeres a nuestro lado, de tantos días y de tantas noches, sin que encuentren resultados a los esfuerzos que han desplegado. Yo he estado a veces así. Es esa dolorosa experiencia que tienen algunos de sentirse inútil y de percibir que casi nadie los considera. Es la experiencia de los que creen que ya no producen nada, que están convencidos de que se les pasó la hora, que ya se sienten viejos y cansados, que perdieron la ilusión. El amor parece haberse cansado y al observar ellos mismos sus vidas piensan que se les hizo de “noche”. Algunas veces esta experiencia va acompañada con la certeza de que Dios parece que se ha escondido.

Sin embargo, la historia que nos narra el Evangelio de hoy es muy hermosa. Dice que amanecía sobre el lago y que un desconocido se acercó observando el cansancio de los apóstoles, sus fatigas y desilusiones. Ese desconocido les preguntó si tenían pescado para comer, pero aquellos siete hombres se vieron obligados a confesar todo su fracaso, pobreza e impotencia. No habían pescado nada durante toda la noche. Entonces aquel desconocido, que era Jesús, les invita a buscar en otro sitio, a tirar la red para otro lado. Ellos le hicieron caso y la pesca resultó grande, milagrosa, desmesurada.

Ante esta experiencia de fecundidad y de alegría, uno de los discípulos reconoció la voz del desconocido y les dijo a los demás: “¡Es el Señor!”. Una vez más resonaba en los apóstoles el anuncio de la Pascua: la victoria del Señor sobre la muerte. Entonces Simón Pedro se lanzó al mar y nadó hacia donde estaba Jesús. Los demás, en cambio, fueron detrás en la barca, arrastrando la red con los peces. Es interesante observar en esta historia las diferentes reacciones de esos hombres que corresponden a la diversidad de sus caracteres y de sus dotes espirituales: el que era emotivo reconoce y no se mueve; el activo e impulsivo se lanza al mar; los otros, que eran personas corrientes, arrastran la red hacia la orilla. Cada uno reaccionó a su manera, pero todos se abrieron a la acción de Dios.

A continuación, se nos muestra una escena cordial, llena de ternura. Los vemos a todos juntos alrededor de unas brasas y unos pescaditos asados con un rico pan. San Ignacio agrega que también Jesús les llevó un panal de miel. Todo era dulzura. Era, por tanto, un estupendo desayuno preparado por Jesús en esa hermosa mañana en el lago. Cada uno de los presentes se sintió superado por el amor y por la ternura del Señor. Se dieron cuenta que los esfuerzos que uno hace en la vida nunca son en vano. Nada es en vano cuando Jesús está con nosotros. El Señor siempre estará a nuestro lado, aunque sintamos la inutilidad de nuestros esfuerzos. Siempre el Señor tendrá algo que regalarnos, hasta el último momento de nuestras vidas. La invitación que el mismo Jesús nos hace hoy a cada uno de nosotros, tal como lo hizo aquella mañana, es decirnos: “Vengan a comer”.

Pero esta invitación le trae una pregunta. Es la que Jesús aquella mañana dirigió a Simón Pedro. Fíjense que no fue una pregunta sobre el pasado, del porqué te comportaste de esta manera o de esta otra. La pregunta que Jesús hizo a Pedro, y que también dirige hoy a cada uno de nosotros, es más bien la siguiente: “¿me amas más que estos?” Me cuesta pensar que Jesús se lo preguntaba a Pedro comparando su amor con el de los otros discípulos, como una competencia de quien amaba más al Señor. Me gusta entender que la pregunta más bien era de si lo amaba más que esos peces que habían recién pescado, es decir más que la seguridad o el espacio cómodo en el que uno se siente más protegido cuando se confronta con sus penas. Para Pedro constituía su seguridad la barca, las redes y los pescados. ¿Me amas más que tu seguridad? Pedro respondió: “Señor tú sabes que te amo”. Te quiero mucho más que a todas mis seguridades.

Lo cierto es entonces que Jesús interpeló a Pedro sobre la consistencia de su amor. No le recordó la traición de tan sólo unos días antes. Con la pregunta Jesús hace al mismo tiempo responsable a Pedro de las personas que le confiaba. A cada uno de nosotros también cada día Jesús nos pregunta si lo amamos y cada día nos confía la preocupación por los demás. La enseñanza de este Evangelio es que ninguno de nosotros será jamás abandonado, pase lo que pase. Aunque a veces uno se sienta inútil y sin fuerzas el amor lo puede todo y siempre habrá que estar atento a quienes más nos necesitan. Lo que finalmente cuenta es la fidelidad que mostremos cuando estemos cansados a la orilla del mar.