Poesía y espiritualidad, la emoción al rescate del Espíritu

Lluvia nueva en la montaña desierta,
aire nocturno lleno de frescura otoñal…
ramas de pinos se abren a los rayos de luna,
un puro manantial acaricia las rocas blancas.
Rozando los lotos, pasan las barcas de los pescadores;
risas entre las cañas: regresan las lavanderas.
Todavía en algún lugar ronda el perfume de la primavera…
¿por qué no te demoras tú también, noble amigo?

Este poema de Wang Wei, influyente poeta chino del siglo VIII, abre canales hacia nuestro espíritu. Wei, que fue pintor también, nos describe con sus trazos un anochecer de otoño: las perennes ramas verdes del pino, la luz de la luna, la primera lluvia que cae, los pescadores que pasan, las lavanderas que vuelven a sus casas. Pero no es solo descripción, Wei nos está hablando de la muerte. Es la primavera que ha muerto hace meses ya, pero que aún ronda en el otoño de una manera mística y deliciosa como un perfume. La pregunta final nos desacomoda y nos abre a una nueva dimensión: ¿por qué no te demoras tú también, noble amigo? La interrogación descoloca, ¿por qué habría de demorarse? Si lo quiere, debería desear que volviera pronto, que estuviera con él. Pero el poeta entiende que en la ausencia hay algo que encontrar, un elemento misterioso y sublime que no entendemos desde lo meramente racional. Demórate en la muerte amigo, demórate en tu ausencia, quédate lejos, porque quiero sentirte rondando con tu perfume como la primavera en este otoño.

El gran riesgo de la espiritualidad es que no tenga correlato vital. Que sea el descarnado apunte de un predicador o el recubrimiento piadoso de un conjunto de deberes éticos, una descripción anodina y áspera de los contenidos de un credo o un amasijo de hojas con doctrina en letras. Si la poesía es emoción, así en frascos, entonces la espiritualidad necesita de ella para recobrar la mordiente, la vivacidad. Borges decía: “en el dialecto de hoy, diré a mi vez las cosas eternas”. La poesía tiene la frescura del dialecto de hoy, escribimos siempre como contemporáneos, pero se asoma a territorios no dichos. Y cuando la espiritualidad queda desfasada de su época, entonces le viene bien un poco de ese caldo en el que se cuece la poesía. ¡Mueran los lugares comunes! O habría que decir con Nicanor Parra: “Crucifiquemos a este gato y veamos qué pasa”.

Un breve recuerdo. Un día cuando terminaba de celebrar una misa, se me acercó una señora, sus ojos eran más pequeños de lo normal, su nariz en cambio, más grande. Pausadamente me pidió que le bendijera una imagen, por favor, es para una ahijada que tengo, me dijo. Miré sus manos regordetas y cargadas de bolsas plásticas y vi, con cierto estupor, que me presentaba una Barbie. Con caja, vestidito y todo. ¿Una Barbie? le pregunté mirando su nariz absoluta. Sí, le encantan, pero ella quiere ser monja, y tiene una colección de barbies y todas son religiosas, una carmelita, otra franciscana misionera y así… no es linda, si quiere algún día se la traigo para que la conozca, o lo invito a tomar té a mi casa, ella estaría feliz. A lo que contesté con premura: no se preocupe señora, le creo, páseme, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo amén, te pedimos Señor que bendigas esta… imagen… Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos amén… Ella me agradeció con una gran sonrisa y la vi alejarse tras las cortinas gastadas de la sacristía. La vida se desborda en lugares inesperados (desesperados), allá la espiritualidad un poco más cancina sigue a la poesía que corre.

P. Francisco Jiménez SJ.

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Un comentario en “Poesía y espiritualidad, la emoción al rescate del Espíritu

  1. Carlos Ossa dice:

    La poesía buena debe tener correlato vital, pero al mismo tiempo juega en los intersticios de lo sobrenatural, cuando desmocha los lastres de la palabrería y se va quedando de a poco con lo esencial. La economía del lenguaje abre espacio a lo que sugieren las palabras, mas que a su significado directo y ahí es donde se mete entremedio el soplo de la Vida: las palabras llegan a decir mas que su significado directo. Por eso incluso hasta la poesía del ateo puede hablar del amor de Dios, aunque no quiera hacerlo. Que tenga un buen taller P. Francisco.
    Carlos

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