¿Por qué hablar de interioridad?

Reflexión – Formativa.

¿Por qué inventamos palabras? ¿Por qué necesitamos el sustantivo “interioridad”? ¿Tiene interés usar una palabra nueva para referirse a alguna cosa de siempre?

La conciencia de la interioridad se ha desarrollado a lo largo de la historia y se ha ido extendiendo de la mano del lenguaje y del arte. La interioridad desde la antigua Grecia (donde la identidad está esencialmente en la exterioridad) ha ido deviniendo “interior”, a través de Agustín (quien con las Confesiones escribió el primer diario íntimo de la modernidad), Descartes (quien inventa el yo) o a la psicología del siglo XX. Hoy la posibilidad de recorrer el mundo interior es mayor que en el siglo XVI. Pero Ignacio de Loyola o Shakespeare recorrieron sus mundos interiores más que muchos contemporáneos nuestros. Las metáforas de la interioridad penetran la obra de Shakespeare lingüísticamente, imaginativamente y temáticamente. Pero posiblemente este nombre madura en el romanticismo y el pietismo protestante centroeuropeo, que escruta en el mundo de los sentimientos y de la vivencia religiosa íntima ante un mundo católico que subraya más la adhesión a la objetividad de la doctrina. Desde finales del siglo XX se difunde esta palabra, y va apareciendo como un concepto filosófico y antropológico asociado al yo. En España, desde hace unos años, también se habla de ello asociando interioridad a ejercicios psicocorporales, emocionales más o menos relacionados con la espiritualidad. Sin embargo, en otros países, a menudo para referirse a estas prácticas, se habla de actividades de toma de conciencia, de espiritualidad (con un sentido a menudo no religioso), y últimamente de mindfulness, atención llena o consciente, concepto nuevo que se está extendiendo, con muchas especializaciones, entre ellas el mundo de la educación y la religión.

Con el sustantivo interioridad subrayamos la importancia que la cultura ha dado a la subjetividad, se enfatiza una dimensión de la persona que hoy consideramos muy importante: una dimensión antropológica autónoma –no dependiente de ideologías o creencias–, constitutiva de la persona. Es un concepto que tiene la ventaja de ser muy englobante, intuitivo, poco ideológico, poco técnico…; y es más amplio que hablar de emociones, conciencia, subjetividad, alma o espíritu. Además, por un lado, defendemos el yo postmoderno desprotegido frente a un entorno que lo abruma de numerosos ruidos que lo fragmentan y de novedades que amenazan su identidad, o frente a una racionalidad y un empirismo insuficientes. Por otro lado, nos ayuda a concentrar iniciativas para impulsar un crecimiento humano más integral e ir a fondo en lo que uno emprende.

Extracto del primer capítulo “De entrada unas preguntas”, por Lluís Ylla, del Cuaderno de Espiritualidad: ¿De qué hablamos cuando hablamos de Interioridad?, Lluís Ylla, Xavier Melloni, Josep M. Rambla, M. Dolors Oller.