¿Por qué ser laico hoy?

Reflexión Mensual –  Octubre 2018

Una de las primeras cosas que hace Jesús en su vida pública es llamar a los primeros discípulos y “formar comunidad”, por lo que podemos inferir que Jesús no se ve a si mismo solo en la misión de la predicación del Reino y la transformación de la realidad que esto implica, él construye comunidad para la misión. Ahí tenemos la característica de la primera comunidad, llamada y centrada en Cristo, con una misión, con un sentido. Más tarde, después de la partida de Jesús, los discípulos también construyen comunidad para la misión y eso es lo que llamamos Iglesia, no se entienden solos o como una vocación individual, sino que siempre se entienden como parte de un cuerpo, con una misión que los aglutina. Incluso Pablo que era el más díscolo e innovador de los discípulos, siempre entiende que la fe se vive en comunidad, con diferentes vocaciones y responsabilidades, pero como un cuerpo (1Cor: 10), y por donde pasa va formando comunidades, a las que luego escribe y alienta. Por lo que podemos afirma que la fe, al modo de Jesucristo, es en comunidad, la fe se vive y se compartes con otros, la relación con Dios es personal y comunitaria, y se vive en comunidad.

Hoy la realidad no es distinta, estamos llamados a vivir nuestra fe en comunidad, con otros, porque esencialmente la realidad humana es con otros, estamos hechos para colaborar con otros, nos sentimos felices cuando compartimos con otros. Por tanto, tenemos dos opciones; salirnos de la Iglesia (la comunidad fundada por Jesús) y probar solos (la historia nos dice que no se llega muy lejos solo) o tratar de integrarnos a una iglesia ya existente, lo que no nos garantiza que no tenga los mismos vicios de la nuestra (o peores). La segunda opción es quedarnos a dentro de la Iglesia y tratar de arreglarla por dentro como lo hicieron Pablo, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola y tantos otros santos anónimos que optaron por quedarse dentro, y que ante los horrores de la debilidad humana no huyeron, sino que se quedaron.

Pero si nos quedamos tenemos que hacerlo de forma distinta. Como nos pide el papa tenemos que asumir protagonismo, porque en esta crisis estamos todos involucrados. Pero ¿por dónde empezar? ¡Echemos de la Iglesia a todos los pedófilos, abusadores, corruptos, homosexuales, abortistas, ladrones, idolatras, adúlteros, mentiroso, egoístas, de izquierda, de derecha, etc… los impuros! (¿suena conocido?) El problema es que después de un rato estaríamos todos fuera (“el que no tenga pecado que tire la primera piedra”) Entonces qué hacer… Volvamos a nuestras raíces: Nuestra relación personal y comunitaria con Jesucristo, y la misión que nos encomienda. Volver Galilea, a conectarnos con el llamado a nuestra relación con el Señor de la vida (“Señor ¿a quién iremos?” Jn 6:68)). Luego, volver a conectarnos con la misión que nos ha estregado Jesús, proclamar su evangelio con la transformación de la realidad que esto implica. Sin Jesucristo no hay misión, no hay Iglesia… no hay sentido. La Iglesia es la comunidad, necesitamos de la comunidad, somos la comunidad, pero necesitamos re-entendernos bajo la mirada de nuestra relación con Jesucristo y su misión. Tenemos una gran misión no la desperdiciemos.

Gustavo Pallamares M. Sc.
Teólogo (UC)

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