El rol del laicado en nuestra Iglesia

Reflexión Mensual – Julio 2018

A través de la unción con el santo crisma en el Bautismo, el nuevo bautizado llega a ser un cristiano, es decir, “ungido” por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey (Catecismo de la Iglesia Católica, 1241).

Todo el Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas (Catecismo de la Iglesia Católica, 783).

A esta condición de “ungidos” es a la que apela el Papa en su carta dirigida al “Pueblo de Dios que peregrina en Chile”, fechada el 31 de mayo de este año, y dada la cual afirma que “a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción. Cada vez que como Iglesia, como pastores, como consagrados, hemos olvidado esta certeza, erramos el camino”.

Más adelante, en la misma carta, el Papa afirma que no existen cristianos de distintas categorías, y que “(su) participación activa no es cuestión de concesiones de buena voluntad, sino que es constitutiva de la naturaleza eclesial”.

Hace un tiempo el Papa nos había instado a “armar líos” a los obispos y consagrados, para ser cada vez más una Iglesia cercana con quien necesita a Dios. En esta carta, nos dice a los laicos que saquemos “carné de mayores de edad”, para que expresemos nuestra opinión, nuestras propuestas y lo que pensamos.

El Papa es reiterativo en el tema de la participación protagónica de los cristianos para una transformación que se reclama, y para la búsqueda creativa de una Iglesia que vuelva al centro: al mensaje liberador de Jesucristo, fundado en el servicio del más débil, del necesitado.

Este ha sido un  tiempo intenso para la conversación reflexiva entre el laicado. Desde enero a la fecha, como Iglesia hemos estado en el foco de las conversaciones, y poco a poco vamos decantando y comprendiendo, no sólo lo vivido sino que también el camino a seguir.

Sobre el rol del laicado, me parece que la carta del Papa no puede ser más explícita en su intencionalidad. Lo que a mi juicio falta, por parte del laicado, es convencernos de nuestra condición de “ungidos”, lo que nos hace protagonistas de una Misión compartida, a partir de la cual debemos fijar un rumbo.

Me parece que también debemos hacer un gran esfuerzo de comprendernos en un nuevo rol, o más bien dicho, de hacernos de un rol que nunca adoptamos, porque fuimos formados en ambientes clericales y asimétricos en relación con los consagrados, todo lo cual aportó a que viviéramos la crisis por la que estamos pasando.

Nos cuesta mucho, entre el laicado, discutir sobre formas concretas de participación en el ser Iglesia. ¿Tomar las decisiones en el Consejo Parroquial?, ¿elegir a nuestros párrocos, a los Obispos?, ¿participar en la homilía de la Misa?, ¿establecer relaciones completamente horizontales con los sacerdotes?, ¿relevar la participación de las religiosas en el clero? Parecen los caminos obvios para, entre muchos otros, materializar esta participación laical que al menos en el discurso del último tiempo se ha vuelto, y a buena hora, muy frecuente.

Me atrevo a afirmar que como laicas y laicos, las respuestas no son triviales, porque nos implican cambios de miradas que se relacionan con nuestra formación eclesial, con nuestra historia, que necesariamente necesita ser revisada y criticada fraternalmente.

Otro paso que propongo, es el del acompañamiento. Hoy hay confusión, desánimo y derechamente dolor, entre todos quienes somos Pueblo de Dios, pero particularmente entre los consagrados. Una parte de los sacerdotes y religiosas no lo están pasando bien, sin necesariamente que estén involucrados en denuncias. Debemos estar disponibles para el acompañamiento, y ellos y ellas, disponibles para dejarse acompañar.

Finalmente, para que se produzca de verdad esta participación fructífera y esencial de todos quienes formamos Iglesia, me parece que el mayor esfuerzo deben hacerlos los sacerdotes consagrados, ya que deben reconceptualizar su quehacer cotidiano en este nuevo ambiente de participación de todos quienes conformamos el Pueblo de Dios.

Hago propia la despedida del Papa en su carta de mayo para terminar estas palabras: “sin ustedes no se puede hacer nada. Exhorto a todo el Santo Pueblo fiel de Dios que vive en Chile a no tener miedo de involucrarse y caminar impulsado por el Espíritu en la búsqueda de una Iglesia cada día más sinodal, profética y esperanzadora; menos abusiva porque sabe poner a Jesús en el centro, en el hambriento, en el preso, en el migrante, en el abusado”.

De nosotros depende que Así Sea.

Felipe Gross Dempster
Delegado para la Colaboración
Compañía de Jesús