Tiempo de nueva primavera

Hace pocos meses, muchas personas llegaron al desierto de Atacama para ver un “fenómeno”: el desierto florido. La variedad de colores, de especies vegetales y aromas. Realmente fue algo extraordinario, el suelo del desierto vestido por un velo de flores, que posee su encanto, encanto que no todos hemos sabido disfrutar.

Bajo un suelo arenoso, que a la primera mirada lo vemos sin fertilidad; una tierra desnuda que conocemos como uno de los terrenos más áridos del mundo, se esconde el misterio de la Vida y de la Belleza. Un misterio que al recibir el agua se revela en su esplendor dejando a todos los que lo contemplan maravillados por su vitalidad y delicadeza.

En Ignacio de Loyola, Dios encontró un terreno fértil espiritualmente: al principio, carecía de esa fertilidad, pero al abrirse a la Gracia Divina se torna un gran innovador para la Iglesia y la sociedad.

La belleza revelada en el desierto y la disponibilidad de Ignacio de dejarse transformar, me hace reflexionar sobre nuestra capacidad de reinventarnos, de mirar el día, los acontecimientos, con más esperanza, con más color.

Hay un misterio en cada uno de nosotros que se despierta frente a cada acontecimiento, en cada búsqueda de sueños, de esperanza, y por qué no, de mociones que suscita el Buen Espíritu en el corazón.

La actitud de acogida de lo novedoso nos hace mantener viva la capacidad de creatividad y de vivir la primavera de nuestra vida con mayor sabiduría y gusto. Ignacio, en la Segunda anotación de los Ejercicios Espirituales, resalta la importancia de vivir desde lo más profundo cada momento: “No el mucho saber harta y satisface al ánima, más el sentir y gustar de las cosas internamente”.

La expresión de San Ignacio está relacionada con la experiencia espiritual y también con otros signos de carácter psicológico, el mundo de la sensibilidad, de la oración como una experiencia espiritual integrada en la que participa la dimensión corporal. Vivir la vida con más gusto y gozar de lo poco o mucho que tenemos, nos provocar florecimientos en el jardín de nuestra familia y de la sociedad. Muchas veces vamos creando hábitos en nuestro estilo de vivir que se tornan indispensables, sobre todo en la manera de ver la realidad que nos rodea; es verdad que vivimos tiempo desconcertantes, pero, ¿sólo pasan cosas malas en torno a nosotros?

Nada de bueno parece suceder, estamos siempre prontos a criticar, a encontrar defectos, ¿no deberíamos sumar más que restar? Tendría otro color la sociedad si gustáramos más de lo bueno y de lo bello que tenemos.

Creo que las relaciones, la política, la economía   harían mucho más bien si tuviéramos una actitud más esperanzadora respecto de ellas.  Un poco más de humor y alegría nos sanaría de muchas enfermedades. Si cultiváramos la capacidad de ver lo bello y lo beneficioso más que dejarnos regir por la queja y la crítica.

Cuando cada día vivimos con mayor confianza y esperanza podemos sentir y gustar las vivencias, sin dejarnos dominar por las malas ondas; podemos tornarnos cristianos testigos de la ternura de Dios que hace nacer las flores donde parece no existir posibilidad de siembra. Como Ignacio de Loyola, somos llamados a colaborar para que nuevas primaveras florezcan en la Iglesia y en el país que anhelamos.

2 comentarios en “Tiempo de nueva primavera

  1. Elena Vargas Lazcano dice:

    Este mensaje me llena de Esperanza y me permite mirar mi vida, en especial los últimos dos meses en que vivo la partida de mi esposo a la Casa del Padre.

    Me doy cuenta que el Señor me va permitiendo ver las posibilidades que tengo para transformar esta situación en un espacio de contemplación de mis propias energías y dones que Él me ha concedido.

    voy descubriendo malezas en mi jardín interior y exterior que trato de desechar y me dedico a ordenar en paz lo que viene para mí.

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