Una primavera eclesial

Durante los dos años en los cuales se realizaron la consulta universal y el trabajo sinodal, estuvo muy presente la preocupación por la distancia entre la enseñanza de la Iglesia y la práctica de los fieles. La exhortación apostólica Amoris laetitia constituye un paso significativo para disminuir esta brecha.

La clave para dar este paso ha sido el enfoque pastoral de la exhortación. Sin descartar ni desconocer el ideal cristiano, se toma en cuenta la realidad concreta, diversa y compleja. Es el concepto conciliar de los signos de los tiempos, porque “es sano prestar atención a la realidad concreta, porque las exigencias y llamadas del Espíritu Santo resuenan también en los acontecimientos mismos de la historia, a través de los cuales la Iglesia puede ser guiada a una comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y de la familia” (No 31).

Por ello, no hay ninguna novedad doctrinal en la Exhortación, pero se asume una perspectiva capaz de asumir la fragilidad humana y guiarla hacia el camino del ideal cristiano, subrayando la primacía de la conciencia de las personas. En otras palabras, trata al cristiano como un adulto, consciente de las dificultades que entraña la realidad concreta y confiando en su sentido de responsabilidad, fruto de su vida espiritual y mediante el discernimiento. Lo importante es “formar las conciencias, pero no pretender a sustituirlas” (No 37).

Es que, como dice el texto, no es suficiente insistir tan sólo “en cuestiones doctrinales, bioéticas y morales, sin motivar la apertura a la gracia” (No 37), porque la realidad de la familia es un camino a recorrer, construyéndola día tras día. El ideal cristiano de la familia es la conformación de una comunión de personas como imagen concreta de la unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu. Este ideal es, a la vez, un compromiso humano y una gracia divina.

El papa Francisco ofrece cinco criterios pastorales para acompañar las así llamadas “situaciones irregulares”: (a) la gradualidad en la pastoral (acompañar procesos), (b) el discernimiento de cada situación, (c) la consideración de las circunstancias atenuantes, (d) la mutua relación entre la norma y el discernimiento, y (e) el predominio de una lógica de la misericordia.

La Exhortación no ofrece una nueva normativa general, aplicable a todos los casos, porque las situaciones son muy distintas. “Sólo cabe un nuevo aliento a un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares” (No 300), reconociendo, a la vez, que el grado de responsabilidad no es lo mismo en todos los casos.

Por consiguiente, se propone una pastoral de acompañamiento, capaz de asumir la fragilidad humana, para integrar las situaciones dolorosas a la comunidad, mediante el ejercicio del discernimiento. Así, es preciso superar “una fría moral de escritorio al hablar sobre los temas más delicados, y nos sitúa más bien en el contexto de un discernimiento pastoral cargado de amor misericordioso, que siempre se inclina a comprender, a perdonar, a acompañar, a esperar, y sobre todo a integrar” (No 312).

La ética propuesta en la Exhortación se sustenta en la espiritualidad porque el tema principal del documento es el amor, la alegría del amor. No trata de una doctrina o enseñanza sobre el matrimonio, tampoco de una moral casuística, sino cómo la clave de nuestra fe en un Dios, quien nos ama incondicionalmente, se traduce concretamente en la familia.

“Si la familia logra concentrarse en Cristo, él unifica e ilumina toda la vida familiar. Los dolores y las angustias se experimentan en comunión con la cruz del Señor, y el abrazo con él permite sobrellevar los peores momentos… Por otra parte, los momentos de gozo, el descanso o la fiesta, y aun la sexualidad, se experimentan como una participación en la vida plena de su Resurrección. Los cónyuges conforman con diversos gestos cotidianos ese espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor Resucitado” (No 317).

Este escrito del papa Francisco nos hace percibir el Evangelio como una Buena Noticia porque construye un puente sólido entre nuestra fragilidad y las ganas de ser auténticos discípulos y humildes testigos de la Persona de Jesús el Cristo. Sentir el bálsamo de un Dios cuyo nombre es Misericordia, en palabras del mismo Papa Francisco, nos anima a aceptar nuestras debilidades y confiar en que Dios Padre siempre está cerca, acompañando los esfuerzos para que nuestras vidas sean serviciales y así una buena noticia en la vida de otros.

Como escribió San Agustín: “Señor, pídeme lo que quieras, pero dame lo que me pides”. Recurriendo al Magníficat, aprendemos a dejar a Dios actuar en nuestras vidas, de tal manera que convertimos el “Señor, quiero hacer Tu voluntad” (protagonismo humano), en “Señor, que se haga en mí Tu voluntad” (protagonismo divino).

 

Tony Mifsud SJ.
Fuente: Territorio Abierto, 2016.

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